Argentina·Cambiemos·Deuda·FMI·Macri·Política

La fuga.

Bueno, cortito y al pie, en pocas palabras, algo de lo que está pasando.

Con el afán de contener la cotización de un dólar incontrolable en año electoral, el gobierno, avalado por el FMI, decidió dejar de lado el “tipo de cambio flotante” que orgullosamente había prometido. En consecuencia, de acá a fin de año, se utilizan los dólares que nos prestaron los amigos del Fondo para contener la cotización local de dicha divisa y evitar que suba drásticamente. Así, en los últimos 10 días hábiles se esfumaron U$D 5.400 millones del Banco Central. Sí, claro, esa deuda la tomamos y debemos todos.

Al inyectar los dólares prestados y no agrandar la base monetaria ni emitir moneda local, el dólar “se mantiene”, eufemismo para no decir que –artificialmente– deja de escalar.

Esto quiere decir –atenti– que todos nosotros sabemos que el valor del dólar oscilará entre los $45 y los $48, al menos hasta noviembre. La banca y los grandes capitales, por supuesto, también lo saben. Y –atenti– saben que, así como no existe ningún tipo de restricción para ingresar grandes masas de dólares al país, tampoco existen trabas para reconvertir sus miles de millones de pesos a dólares y esfumarlos al exterior de un día para el otro. La brusca devaluación del 100% de hace un año, cuando se la llevaron toda junta, dio cuenta de ello.

En simultáneo, bajo el supuesto argumento de incentivar a esos grandes capitales para dejar la plata en el país, hace tiempo se resolvió pagar altísimas tasas de interés de todo tipo y color. Así, estas corporaciones invierten sus flamantes pesos en lebacs, lecaps, leliqs y demás instrumentos financieros que nosotros, los laburantes, no entendemos. Sí, adivinaste: las ganancias son astronómicas.

A modo de ejemplo: tenés un manguito guardado y resolvés abrir un plazo fijo en el banco. No solo protegés tu plata contra la depreciación causada por la inflación sino que, apostando por tu país, resolvés dejarla dentro del sistema y no comprar dólares. El banco te paga una tasa de aproximadamente el 40%. Con esa misma plata que vos –y tantos otros ahorristas– inmovilizan en instituciones bancarias, ellos van y colocan Leliqs a tasa del 72%. Es decir, trabajando TU plata, la banca gana más del 30% y casi sin riesgos. Y la cosa no termina ahí: tu plazo fijo, de mínima, lo colocás por 30 días. Ellos, en cambio, pueden entrar y salir de las Leliqs una vez por semana.

Pero, ¿te acordás que el gobierno y el FMI –no lo olvides, año electoral– ahora garantizan que la cotización del dólar no se va a disparar, cierto? Eso quiere decir que los miles y miles de millones de pesos que los grandes capitales ingresaron al sistema financiero nacional –y que ganan muchísima plata usufructuando la tasa de interés más alta del planeta– no corren riesgo de sufrir una devaluación repentina y depreciarse bruscamente. Entonces, ¿qué hacen las corporaciones financieras una vez que ganaron fortunas con esas tasas a cotización segura? Acertaste: vuelven a pasar su bolsa de capital a dólares y se la llevan, sin restricciones y en un santiamén, toda junta al exterior. La expresión “en pala” se queda corta.

Recordá: ¿quién financia con deuda del FMI la cotización “estable” del dólar? ¡Sí, vos, yo, tus nietos! Entre todos tomamos deuda soberana para financiar la fuga de dólares de unos pocos al exterior. De eso se trata. Eso está pasando mientras nos distraemos hablando de la grieta. Es un saqueo deliberado.

La transferencia de recursos hacia el sector financiero es impresionante. Y es una política de estado. La fuga, dañina y cromática, es color verde (des)esperanza. Mientras tanto, debido a restricciones internas, a vos no te dejan comprar más de 3 cartones de leche. Pero podés pagar el aumento del gas en cuotas, digamos todo.

Ah, la foto-chiste de Landrú que adorna esta columna tiene 30 años.

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Argentina·Cambiemos

Triste, amargao y sin garufa.

¿Se acuerdan de cuando la inflación era consecuencia de la “emisión descontrolada”, el “calentamiento de la economía”, el “consumo irracional y excesivo”, y la “escasez de oferta” ante una “demanda artificial”, producto de clases populares a quienes “les habían hecho creer que podían comprar cosas fuera de su alcance”?
¡Qué épocas aquellas!
 
Les comparto otro tango, escrito en 1932, cuya literalidad es tan, tan actual, que sorprende -o quizás no tanto.
 
En momentos como estos, donde como sociedad nos enfrentamos a nuestra eterna circularidad -esa dolorosa compulsión a repetir errores del pasado-, y cuando nuestra capacidad de resignación parece ser infinita, hoy, más que nunca, debemos despertar de nuestro apacible letargo, de la anestesiada resignación que poco a poco está destruyéndonos, pauperizándonos cada día un poco más.
Sin importar colores, banderas o partidos políticos, el dedito ahí adentro lo estamos sintiendo todos, sufriendo todos. Al menos todos los que ponemos el hombro trabajando. ¡A despertarse!
Argentina·Boca·Fútbol·Riquelme

Un doloroso fracaso llamado Angelici.

Angelici llegó a Boca en 2011, con el equipo campeón invicto y river padeciendo en la B. Nos conminó a renovar los pasaportes. E inmediatamente hizo creer a los boquenses que el problema era Riquelme, a quien echó apenas pudo. Paradójicamente lo despidió a mediados de 2014, momento en que asume Gallardo. Visionario, el tano.

Desde aquel entonces nuestro objeto de deseo –river– nos hizo sujeto del suyo. Una manera sutil de decir que, si bien no nos ganaron siempre, nos rompieron el ojete en los partidos que más importaban. ¿Era Román realmente el problema? ¿O es otro?

Angelici –hincha de Huracán– lleva gastados casi U$D 80 millones en refuerzos que mayormente no cumplieron con las expectativas. Acostumbrado a la rosca política y a operar en las sombras, siempre lo hizo a favor de sus propios negociados y los de sus allegados, jamás en favor de los intereses del club. Repito, para que se entienda: Angelici es cualquier cosa menos hincha de Boca –empresario, político, operador judicial, boludo.

Por si fuera poco, contrató y mantuvo en su puesto a un entrenador que nunca dio la talla en los encuentros importantes, tanto tácticamente como estratégica y físicamente. Los Barros Schelotto fueron de mayor a menor: jamás pudieron leer lo que pedía un partido una vez comenzado, como si el fútbol no fuera contingente y pudiera ganarse desde el capricho de una formación de pizarra.

Ayer, por lo pronto, siento que nos faltó suerte, es cierto: a igualdad de remates, el de ellos fue travesaño y adentro; el nuestro, palo y afuera. Pero hubo un equipo que intentó ganar más que otro. Y un entrenador que apostó a sentirse inferior y defender 90/120 minutos con 5 volantes corriendo como galgos, pero que paradójicamente dejó en su banco de suplentes ¡UN! sólo volante part-time (Gago) para sostener esa idea ante el cansancio de sus intérpretes, y 2 delanteros con funciones superpuestas que jamás iba a utilizar en simultáneo (Tévez – Zárate). Un tipo que malgastó a 2 wings de molde atacante (Villa – Pavón) para defender todo el partido la subida de ¡los laterales! rivales. Un cuerpo técnico que desde la pretemporada preparó físicamente al equipo para atacar y someter rivales, pero que en el partido más relevante hizo correr a sus jugadores sistemáticamente detrás de la pelota y del adversario. Ideas incongruentes que te hacen perder credibilidad, deslegitiman el mensaje y demuestran desconfianza en el propio trabajo. No soy entrenador, pero hasta un infante se habría dado cuenta de ese desequilibrio.

Buenos jugadores son aquellos que juegan bien los partidos importantes. Y tuvo que venir un uruguayo a recordarnos cómo era eso.

Capricho tras capricho nos trajeron hasta acá. Llegó la hora de la renovación: jugadores que se animen a pasarle la pelota a sus compañeros como premisa, Nández como corazón y capitán, Barrios como ladero, Benedetto como finalizador, y un DT que no se achique en las importantes.

River tuvo su Aguilar. Nosotros, nuestro Angelici. Llegó la hora de decirle basta a la mafia PRO en Boca.

Como siempre, LA PELOTA –Y LA PALABRA– SIEMPRE AL 10.

Comenzó la campaña: #ROMÁN2019

Argentina·Boca·Fútbol

La pasión.

“No puede comprenderla quien no la experimenta”, Dante Alighieri, sobre la pasión.

Según el maestro, don Eduardo Galeano, el fútbol sigue siendo, quiérase o no, créase o no, una de las más importantes expresiones de identidad cultural colectiva, un “centro de encuentro y comunicación y uno de los pocos lugares donde los invisibles pueden todavía hacerse visibles, aunque sea por un rato, en tiempos donde esa hazaña resulta cada vez menos probable para los hombres pobres y los países débiles”, a pesar de los negociados y de la violencia que rodean a este deporte.

Porque el fútbol es, cita el maestro, “un repositorio de identidades poderosas y solidaridades, un complejo juego de rituales colectivos y conversaciones públicas en un mundo profundamente individualista, atomizado y dividido, un lugar en el que nos mezclamos socialmente, que trata de nosotros, no de yo”.

Las emociones colectivas que brotan y se despliegan detrás de la pelota –decía Don Eduardo– “se hacen fiesta compartida o compartido naufragio, y existen sin dar explicaciones ni pedir disculpas”.

En ese crisol de identidades futboleras, me emociona nuestra estirpe boquense, y me enorgullece poder compartir esta pasión con mi hermano, donde sea, cuando sea, y a pesar de todo.

¡Viva Boca, viejo y peludo nomá!

Argentina·Ginóbili

Manu Ginóbili, o el elogio de la modestia.

Año 1992. Emanuel, un flaco espigado y en pleno estirón puberal, quedaba descartado del seleccionado de básket sub-15 de Bahía Blanca, su cuidad natal. El problema no era de índole físico: si bien sus hormonas de crecimiento tenían mucho trabajo por delante, “Manu” superaba en talla a algunos de sus compañeros. Pero el entrenador resolvió convocar a otros adolescentes, en quienes veía un mejor talento y proyectaba mayor potencial de desarrollo deportivo.

Año 2018. Emanuel, ese mismo flaco y espigado, pero con menos pelo y más de 41 años, juega su último partido de postemporada en la NBA, la liga de básket más competitiva del mundo. Sus compañeros, entrenadores, colegas y periodistas lo despiden con reconocimiento y admiración, anhelando que su carrera no termine ese día. Especialistas lo consideran el jugador extranjero más influyente que jamás haya competido en la liga.

¿Qué pasó entre 1992 y 2018? ¿Cómo explicar escenas tan ambivalentes?

Nada hacía suponer que ese quinceañero, el menor de 3 hermanos basketbolistas, iba a formar parte del universo de estrellas de la NBA. No era un chico extraordinario ni demostraba dotes fuera de la común. Bahía, ciudad nacional del básket, contaba con varios pibes cuyo talento precoz superaba al de Manu. Según parece, aquél flaco lleno de sueños no estaba destinado a triunfar. Y sin embargo.

Afortunadamente, la historia está plagada de “sin embargos”. Momentos que se suponía debían ser una cosa y fueron otra. Experiencias que, vaya uno a saber por qué, torcieron el curso natural de los acontecimientos para derivar en otras mejores, más felices.

Este caso es uno de ellos. La voluntad de Ginóbili terció sobre lo que se suponía (no) debía ser su destino, y entonces su carrera profesional estuvo –de comienzo a fin– marcada por el trabajo a conciencia, la dedicación, la constancia y los permanentes deseos de superación. Eso fue lo que pasó entre 1992 y 2018.

Hay una frase de Samuel Beckett que suele ser habitual en los círculos deportivos: «intenta de nuevo. Falla de nuevo. Falla mejor». Gran parte de la vida está emparentada al fracaso, y nuestro destino está profundamente moldeado por el nivel de adaptación y aprendizaje que demostramos frente al sinsabor de la derrota y los escenarios desfavorables. Mi hipótesis es que Ginóbili encarna esta premisa como ningún otro deportista nacional.

Gracias a la intermediación de la diosa Fortuna, los argentinos tuvimos una relación inmediata –orgullosamente nuestra– con genios de variadas disciplinas. La naturaleza, benevolente, brotó por estos lares a tipos como Favaloro, Houssay, Leloir, Milstein, Borges, Sábato, Cortázar, Maradona, Messi, Fangio, Vilas, De Vicenzo y varios etcéteras más. Por capricho de la mala costumbre, solemos cultivar la visión algo romántica de que genios de esa talla son producto de una chispa divina. Así, un poco por la buena fortuna y otro poco por nuestra propia idiosincrasia, tendemos a creer que el talento natural se trae desde la cuna, y que esa es una condición suficiente para triunfar. Olvidamos que el factor que separa a los genios de otras figuras regulares no es únicamente la “chispa divina” o el talento sobrenatural. Por supuesto, el talento es condición necesaria, pero lo que realmente importa es la habilidad de convertirse gradualmente en mejor y mejor jugador –pintor, músico, atleta, científico, persona– con el tiempo. Talentosos existen muchos; la excelencia de los genios –que por definición son muy pocos– está asociada a una práctica deliberada y persistente, horas y horas de trabajo arduo con atención al detalle, permanentes deseos de superación condimentados con la más estricta conciencia crítica. Incluso el diamante más valioso exige ser pulido para demostrar su brillo.

Allí radica el secreto del genio Ginóbili.

Cuentan que durante uno de sus primeros partidos contra Los Angeles Lakers, queriendo conocer más sobre él, un tal Kobe Bryant preguntó a Bruce Bowen, compañero de Manu: “¿qué tal ese chico blanco?”. Bowen le respondió con uno de esos chistes que deforman la realidad hasta el absurdo, pero que a su vez contienen una cuota de verdad que no puede ser dicha de otro modo: “vas a ver, ese chico no es blanco”. Galeano alguna vez escribió que escuchó mentiras que dicen la verdad. En una constelación de estrellas brillantes, Ginóbili comenzaba a refulgir con luz propia.

Así, venciendo prejuicios y compitiendo contra colegas del más alto nivel, Manu –al genio le alcanza sólo con el nombre: Manu, Diego, Lio– poco a poco se hizo un nombre en el mundo grande del básket, ganando partidos, títulos y galardones de todo tipo y color. Pero más allá de las victorias, más allá de su estirpe competitiva, lo destacable es que Ginóbili construyó el respeto de sus pares esencialmente compitiendo contra sí mismo: se transformó progresivamente en un jugador más completo con cada temporada, ajustando siempre su juego a los cambios necesarios para el bienestar del equipo, y en todo momento hizo lo que creyó necesario para ganar –lealtad deportiva mediante.

No hay palabras que lo definan mejor que las propias: “probablemente no sea excepcional en nada, pero voy a ayudar a mi equipo en todo”. Su carrera se distinguió por un notable liderazgo de espíritu colectivo, por la insistente preferencia a anteponer las necesidades del equipo por sobre las individuales, por ser una voz deliberativa y fraternal más que confrontativa, por el inconformismo más competitivo, y por la más severa honestidad intelectual para reconocer limitaciones propias y potenciar las virtudes de sus compañeros. ¿Suena a todo lo que falta en otras disciplinas deportivas, verdad?

Se denomina pleonasmo a las expresiones lingüísticas que, con el fin de reforzar aquello que se quiere significar, utilizan redundancias o palabras repetitivas en una misma frase. Πλέον, en griego, alude a agregar, a sumar, incluso a aquello que a veces sobra. Permítaseme el pleonasmo sobre un tema que habitualmente olvidamos: el deporte colectivo se juega en equipo. En épocas donde la esencia del deporte está contaminada por megaestrellas que concentran el protagonismo y exigen una atención incluso mayor que el conjunto al que representan, Ginóbili, a contracorriente, privilegió siempre la necesidad de anteponer la individualidad al servicio del equipo.

Vale decir que la búsqueda de la excelencia colectiva es una rareza en un deporte repleto de egos permanentemente insuflados por estadísticas personales (puntos, rebotes, robos, etc.). En el básket, es casi imposible sustraerse de la fascinación por los números, pero las estadísticas pueden ser engañosas, y en ocasiones son como la minifalda: muestran mucho pero ocultan lo más importante. Aquí va la evidencia, un dato bestial que pinta a nuestro protagonista de cuerpo entero: Ginóbili se retira ostentando el porcentaje de victorias más alto en la historia de la NBA (72,1%) entre los jugadores que disputaron más de 1.000 partidos. En este aspecto, demoledor, supera a cualquier superestrella de cualquier época. Tratándose de un jugador que nunca promedió 30 puntos por encuentro, el dato da cuenta de su tremendo valor integral para el equipo.

En tiempos de vanidades baratas y de deportistas globales que venden su vida como una marca, algunos de estos deportistas se jactan públicamente, con exagerada arrogancia, de ser buenos en lo que hacen. Otros, con una falsa modestia tan impostada como poco creíble, eligen no reconocer sino indirectamente sus logros, con aburridos testimonios de cassette. Ginóbili, en cambio, tiene una cualidad que siempre me resultó llamativa, una rareza para los tiempos que corren: humildad para reconocerse públicamente como un buen jugador de básket pero sin parecer, a la vez, arrogante, engreído o hipócrita. Será que la transparencia de la honestidad lo simplifica todo: amplifica lo bueno, reduce lo malo y elimina las interferencias en la comunicación. Va de vuelta: ¿suena a todo lo que falta en otras disciplinas deportivas, verdad?

Hace poco tiempo, Alejandro Wall escribió que el deporte argentino «tiene a un dios sucio, a un superpibe formateado en catalán y a ídolos con pies de barro. Todos tienen completas varias páginas del libro de quejas. Ginóbili, en cambio, es un tótem sin contraindicaciones, un héroe de la corrección política. A diferencia de los grandes mitos, su medida es el consenso. No hay relaciones conflictivas, peleas mediáticas, declaraciones polémicas o discusiones con la prensa».

Lo dicho, Ginóbili es admirado no sólo por su gracia como jugador, sino por su virtud para ejercer liderazgo del bueno. Están los líderes consensuales, quienes piensan –en la victoria y en la derrota– que con las palabras todo se puede, y están quienes no ven en ellas otra cosa que impotencia. Manu pertenece claramente al primer grupo.

Calzado hace tiempo en el traje de ídolo, la adulación es un pedestal que Ginóbili rechaza. No caben dudas de que la humildad fomentó su capacidad de aprendizaje, y esta capacidad para aprender, casi que una pedagogía deportiva mantenida tozudamente hasta el último minuto de juego en la veteranía, es la piedra basal que le permitió mejorar día a día, temporada a temporada, tanto a sí mismo como a sus compañeros.

Son pocos pero –según creo– valiosísimos los jugadores que hacen mejores a sus compañeros. Culto, inquieto intelectualmente, formado pero a la vez formador, Ginóbili es sin dudas uno de ellos. Responsable, presta el ejemplo con la labor más que con la palabra, ejerciendo un liderazgo medido pero a la vez eficaz, argumentativo pero convincente, ameno pero imperturbable, todo ello en disciplinada libertad y con caótico orden, fiel reflejo de su manera de competir. Analítico, perspicaz y detallista, destaca sobre todo por su capacidad de autocrítica. En ese costado autocrítico radica –presumo– la llave que guarda el secreto de su competitividad feroz, de sus deseos de superación permanente. ¿Suena a todo lo que falta en otras disciplinas deportivas, verdad?

Por motivos como estos, por su talento individual, por la trascendencia internacional de sus logros, por su vigencia en la elite competitiva durante 20 años, por su importancia para construir equipo, Ginóbili es el deportista argentino más preponderante que ha existido.

Entiendo que el fútbol es el deporte más significativo a nivel nacional y mundial. En ese sentido, también entiendo que Maradona y Messi, sus más talentosos exponentes en la historia, naturalmente sean, para una gran mayoría, nuestros deportistas más destacados. Pero, otra vez, sin embargo.

Se ha dicho: por logros, por talento, por vigencia, Ginóbili se ganó un lugar en el púlpito de nuestros grandes deportistas nacionales. Sin embargo, si lo consideramos de modo integral, no tengo dudas de que la ecuación se despeja sola: Manu resume la figura del deportista ideal, repito, no solamente por sus logros deportivos, sino especialmente por la inigualable riqueza que transmiten sus valores e ideales, tanto dentro como fuera de una cancha de básket, para compañeros, propios y extraños, en el ámbito nacional e internacional.

En la era de las figuras globales, donde los dotes personales del ídolo son perpetuamente enfocados a la luz de las cámaras y espectacularizados a tiempo continuo para el showbusiness mediático y comercial, la personalidad del deportista-ídolo, otrora privada, se transforma en un medio público, en un bien público y publicable, en un modelo de conducta referencial para millones de personas. En esa liga de superestrellas e ídolos globales, donde manda el show, el márketing y muchas veces la excentricidad y el exceso, donde se convive con el circo mediático, donde las redes sociales exponen hasta lo más íntimo del personaje, Manu Ginóbili es un ídolo ordinario.

A diferencia de otros ídolos deportivos, representa la victoria del tipo común. Es un tipo normal, como vos, como yo. Todos tenemos un poquito de él, y Ginóbili a la vez encarna un poquito de todos nosotros. Será por ello que tantos nos identificamos con su figura, porque sentimos que nos representa al menos en algo: buen marido y padre de familia, amigo de sus amigos, sensato, trabajador, honesto, incluso con su calvicie y nariz aguileña. En acertadas palabras de Alejandro Wall, «es nuestro ídolo mundano».

No creo que haya otro deportista estelar argentino que haya podido transmitir la nobleza, la honradez, el respeto por el otro y el espíritu colectivo que Ginóbili demostró en su carrera, y que por lo menos a mí me emocionaron más de una vez.

Tampoco tengo dudas de que Manu sería el compañero que todos quisiéramos tener en nuestro equipo: Ginóbili dignifica la figura del deportista. Es difícil encontrar contradicciones en el ídolo de los mundanos. Paradójicamente (o pensándolo bien, quizás no tanto), aquí no aparecen grietas, reproches ni acusaciones cruzadas: en algún aspecto que nos hermana, todos somos Manu.

Lo concreto es que el tiempo, lejos de ser selectivo, no detiene su marcha. A los 41 años, el tablero marcó la hora del retiro.

Soberano, arbitrario para todos por igual, el paso del tiempo indefectiblemente marca un final para las cosas que hacemos. Es curioso, sin embargo, cómo en esas mismas cosas encontramos la posibilidad de trascender; cómo el modo en que hacemos esas cosas nos define: allí, en el cómo, se encuentra la esencia que nos permite perdurar por siempre, a pesar de ser finitos en el tiempo.

Parafraseando el slogan, Ginóbili no se retira, trasciende. Agotado el tiempo de su carrera deportiva, comienza el inconmensurable tiempo de la leyenda, que será eterna. ¿Quién dijo que los tipos comunes no pueden ser legendarios?

Argentina·Fútbol·Maradona·Messi·Rusia 2018

Sobre Rusia 2018: la selección que mejor nos representó.

Nuestra vida moderna, cambiante, efímera, líquida, se encuentra rodeada de incertidumbres existenciales de todo tipo: no sabemos qué trabajo tendremos dentro de un tiempo –si es que tenemos uno–, cuánto durará nuestro vínculo de pareja, o si los valores que nuestros padres nos inculcaron servirán a nuestros hijos el día de mañana. Los contratos a largo plazo ya no existen, y es un hecho incontrastable que se terminaron los “para toda la vida”: en el trabajo, en el amor, en los vínculos, en las cosas. Todo está sujeto a ser cambiado repentinamente.

Este contexto de mutación permanente, por supuesto, no escapa a nuestro país. Sin embargo, a pesar de convivir con ese escenario de permeabilidad ubicua, cada 4 años los argentinos izamos la bandera de una certeza inmutable: esperanzados pero imperativos, exigimos al seleccionado nacional de fútbol que nos represente con éxito ante los ojos del mundo.

Inmersos en una cultura especialmente triunfalista, tanto por tradición como por necesidad, solemos asociar la calidad de la representación de nuestro equipo con el resultado deportivo. Si ganamos, fuimos bien representados; si perdimos, el equipo nos representó mal. Así, cuando el mundial de fútbol encuentra a la Argentina lejos de la victoria, habitualmente juzgamos que el seleccionado representó al país sin éxito ni gloria.

Lo que vengo a proponerles no es nada novedoso: que analicemos lo sucedido en Rusia despojados de las cadenas del resultado. Mi hipótesis es que, más allá de la dolorosa pena por el magro rendimiento deportivo y el decepcionante desenlace de nuestro mundial, la selección Argentina nos representó con asombroso éxito.

¿Cómo es eso, si volvimos en octavos de final, tempranísimo, casi que dando lástima? De vuelta: en nuestro país, cuando no se gana –a fin de cuentas, solamente uno lo hace– el resultado suele teñir toda reflexión posterior, sobre todo si el rendimiento tampoco es el esperado. Sin embargo, si quitáramos el 16º puesto del debate, pienso que veríamos con mayor claridad que el seleccionado trazó un cuadro completo y fidedigno de argentinidad: expuso en escena los rasgos más típicamente argentinos por antonomasia, y re-presentó al país con una perfección que asusta.

¿Por qué? Porque la selección fue la metáfora perfecta de la Argentina, la condensación de todos nuestros vicios y virtudes en un equipo de fútbol: una colección de personas –un país– que pueden ser brillantes individualmente pero pobres colectivamente; un grupo –un país– autodestructivo, carente de autocrítica y de un liderazgo claro y legítimo; un conjunto –un país– incapaz de identificar y disimular sus propias debilidades y falencias; un equipo –un país– adicto a la imprevisión de la épica heroica –que puede salvarte una vez, pero no siempre–; una selección –un país– que nunca demostró apego por el trabajo serio, previsible, duradero, y que se mantuvo alejada de las decisiones basadas en el sentido común, eligiendo siempre con el menos común de los sentidos. En fin, un colectivo –un país– que leyó mal la realidad, resolvió peor, no se percató de sus errores a tiempo, y entre reproches desperdició todo su rico potencial.

Por motivos como estos, entre otros, la homología entre nuestra sociedad y la selección que nos respresentó en Rusia fue tan clara como previsible, a pesar de nuestros esfuerzos por ignorar todas sus señales, presos de la ciega esperanza del hincha.

Habitualmente a los argentinos nos acompaña el razonamiento lineal como categoría predominante del pensamiento. Esta cualidad, según parece, se hace extensiva a nuestro fútbol, materia en la que también solemos creer que la riqueza que afortunadamente nos distingue –en este caso, el talento natural de nuestros jugadores– es condición suficiente para alcanzar el éxito. Tal es así que nuestra federación y nuestro seleccionado –adictos a la anarquía, el caos y la desorganización– desestimaron la construcción paulatina, sostenida y progresiva de un proyecto serio y duradero, como si ese detalle pudiera obviarse. De forma continuada en el tiempo, se tomó la decisión de priorizar los resultados por sobre el camino recorrido, el corto plazo por sobre el trabajo a largo plazo. Y los resultados están a la vista. Cualquier semejanza con la realidad no es pura coincidencia.

Así las cosas, durante el mundial de Rusia nos encontramos con una selección ciclotímica, marcada a fuego por profundos vaivenes anímicos: dueña de una euforia desmedida en la victoria –por circunstancial que esta fuera–, y a la vez esclava de recriminaciones, culpas y apática pasividad ante la adversidad.

Vimos un equipo moldeado por la contradicción, incapaz de elegir un camino –un proyecto, un sistema de juego– y repetirlo en el tiempo, con la intención de adquirir conocimiento, práctica y familiaridad, potenciando las virtudes y minimizando las carencias de los jugadores.

Sufrimos a un seleccionado que vivió en la urgencia, deshaciendo permanentemente todo lo que había construido, o mejor dicho, lo (poco) que había intentado construir.

Padecimos a un entrenador que eligió vivir desbordado, y cuyas lecturas profesionales fueron casi siempre equivocadas. Un técnico que en 4 partidos presentó 4 pruebas diferentes, y en ninguna mostró un concepto coherente ni nada producto del ensayo colectivo. Un tipo que en plena competencia se la pasó cambiando esquemas y probando ideas sin consolidar ninguna, y que paradójicamente, tal vez preso de su ego, fue incapaz de cambiar en los momentos más importantes, durante los partidos, cuando sus ideas de laboratorio se probaban erradas en el campo.

Un entrenador que, con la astucia de un político, decidió desdecir con sus acciones cada una de sus palabras, y cuyas declaraciones, huecas como el cántaro, jamás materializaron lo prometido: construir algo parecido a un proyecto futbolístico. Un técnico que dedicó tanto tiempo a elogiar públicamente a su as de espadas, Messi, que desde un comienzo perdió todo tipo de legitimidad como conductor de grupo.

También nos encontramos con un plantel de jugadores que se jactaron públicamente, a mi gusto hasta el cansancio, de contar en sus filas con “el mejor del mundo”, pero que, atontados en la medianía del conformismo más banal, jamás estuvieron a la altura de acompañar semejante privilegio. Tener al mejor jugador sencillamente no alcanza para triunfar en un deporte grupal. De nada sirve contar con el mejor timonel cuando no se sabe hacia dónde navegar el barco.

Esto hay que repetirlo: la historia de esta selección puede ser resumida en la existencia de jugadores brillantes desde el plano individual, que sin embargo fracasan al momento de trabajar juntos para construir un destino compartido. Según parece, a los argentinos el talento individual nos hipnotiza y prevalece por sobre el trabajo en común, razón por la cual conducimos siempre a la misma calle sin salida: la búsqueda de un salvador individual para un deporte que por definición es colectivo. (Donde dice “deporte”, “equipo” o “selección”, ponga “país”, lo mismo da).

Así, un poco por la falta de un sólido sostén colectivo, un poco por nuestra historia como nación, y otro poco por la impronta exitosa pero única que Maradona nos legó, pretendimos
–pretendemos– transformar a Messi, el mejor futbolista del planeta, en algo que no es pero que creemos que necesitamos: el líder moral de la selección, el jefe espiritual de un grupo dispuesto a sacrificarse hasta el desmayo por los colores, el caudillo que se rebele contra los poderosos y comande a gritos a la tropa hacia la victoria.

El escritor mexicano Juan Villoro escribió que «lo extraordinario genera suspicacias en un mundo imperfecto». Será por eso, pienso, que siempre terminamos hablando de Messi. Todo lo que ocurre en la selección, ya sea bueno o malo, aparentemente lleva el sello de su marca, extraordinaria y por eso mismo tan sospechosa.

Y entre tanta suspicacia, resulta que sospechamos de Messi porque no es Maradona. Le recriminamos que no lo sea. Quizás nos cueste entenderlo, pero Messi no desea ser Maradona: no le interesa ejercer el liderazgo, le cuesta trabajo pensar en los demás y, sin una pelota en los pies, se incomoda resolviendo o hablando por ellos. Cuando Maradona le dio el brazalete de capitán, conminándolo simbólicamente a que fuera su sucesor, no le hizo un favor, porque Messi no tiene ese carácter. Villoro grafica magistralmente el momento: según él, «el gesto fue equivalente al de los padres que llevaban a sus hijos a un prostíbulo para que se hicieran hombres de repente».

Messi carece del aura mítica que rodea al Maradona-personaje, esencialmente porque no tiene relato: Fiorito, doña Tota y don Diego, las nenas, Guillote Coppola, la mano de dios, las drogas, Habana y Segurola, el dóping, la cruzada versus FIFA y los poderosos que visten de traje, el “la tienen adentro”, en fin, las cenizas y el paraíso que involucran las mil caídas y redenciones del Diego de la gente.

Maradona es devorado permanentemente por la estatura de su mito –un personaje cuyo traje le pusimos pero que él carga y refuerza con gusto–, y la fascinación que ejerce se debe en buena medida a su condición tan argentina de triunfador autodestructivo: Diego podríamos ser todos. Messi, en cambio, es más bien una figura aséptica, cuyas virtudes y defectos se encuentran ahí, a la vista del mundo, pero ceñidas a un campo de fútbol. Como todo mito, Maradona puede significar muchas cosas, es un significante que condensa varios significados, una sustancia que puede adoptar diversas formas, y cuenta con un lenguaje que le es tan único como propio. Messi, por el contrario, es solamente un concepto de futbolista, que al carecer de relato no construye épica ni tampoco monta un personaje. Diego, por su parte, es una personalidad desbordada por un crisol de significaciones –propias y ajenas– que lo exceden completamente, pero que a su vez lo constituyen: el Diego es la cosa pública, es como todos y como nadie al mismo tiempo, es tan argentino pero a la vez tan único, es de todos y es de nadie a la vez.

Messi es demasiado simple para ser una celebridad global. Públicamente se le desconocen excesos. Me gusta pensar su figura análoga a la de un niño: a diferencia de Maradona, Leo es más lúdico, solemos asociarlo más al juego que a otras cosas. Los niños no lideran, los niños simplemente juegan, y el niño-Messi es feliz dentro del campo con una pelota en sus pies. Dedica los goles con sus índices apuntando al cielo, en búsqueda de su abuela. Su horizonte es su familia. Mi teoría es que Guardiola supo entender esa condición infantil de Messi, y ésta es la principal razón por la cual Leo se sintió –se siente– cómodo arropado por el Barcelona, donde tan bien rindió –rinde–, sin tener que rendir cuentas a nadie. Allí solamente se dedica a jugar a la pelota, sin la presión de parecerse a ningún Otro, con mayúsculas. En Barcelona, el niño-Messi es Messi. En la Argentina, el niño-Messi es la contraparte negativa de Maradona, el hijo limitado que a pesar de su talento se vio atrapado y confundido en la sombra de su padre, ese líder que él no fue. Gracias al psicoanálisis sabemos que cualquier niño que forme su identidad a la sombra de la identidad de su padre jamás podrá sentirse pleno, ni tampoco forjar una subjetividad propia.

Sin embargo, insistimos en pedir a Messi que sea como su padre, que asuma la posta de la gesta maradoniana y que sea líder y sea rebelde y sea irreverente. Y que sea.

Maradona encarna a la Argentina desaforada y contradictoria como nadie. Demandar a Messi que asuma ese rol es escandalosamente injusto, no solo porque no quiere, sino porque aunque quisiera, no podría. En palabras de Juan Sasturain, «Diego es lo más parecido a la Argentina densa e intensa que tiene todo y lo revienta; que desde la excelencia no se priva de lo peor; que es genial y se destruye; que te satura de estímulos y de sensaciones contradictorias hasta hacerse insoportable. Que te saca y se saca, se va, no se aguanta, termina devorándose –generoso, magnífico– sin renunciar al gesto arrogante».

Los argentinos somos imprevisibles e inestables. Anómicos, nos separamos con facilidad de la regla: solemos admitir la norma cuando nos resulta útil, pero somos los primeros en transgredirla cuando limita nuestra conveniencia. Vivimos de la contradicción y para el antagonismo. Impugnamos mecánicamente todo aquello que no se nos parece, y habitualmente nos justificamos por negatividad, es decir, discrepando de lo que no aceptamos. Maradona, con todos sus aciertos y errores, representa a la perfección ese esquema de argentinidad. Messi, por el contrario, no se amolda a esa matriz de carácter, y sospecho que una gran cuota de argentinos no le perdona el hecho de no sentirse representados en su figura. Quizás sea por eso, por estar empecinados en encontrar lo que le falta, que no disfrutamos de su fútbol como deberíamos haberlo disfrutado. El resto del mundo lo ama. ¿No será –digo– que el problema es nuestro? ¿No será que a diferencia de lo que pasó con Maradona, no supimos crear el contexto adecuado para aprovechar del mejor Messi? Perdimos tanto tiempo debatiendo las cosas que no era, que olvidamos valorar lo que era. Lo que es.

Vuelvo sobre lo mismo: Messi se conforma con ser su familia, y es un concepto propio que se representa a sí mismo; Maradona, en cambio, por y a pesar de su mito devorador, representa a los argentinos. Quizás sea eso lo que nos duela: que Messi no nos represente.

Alguna vez escribí una crónica titulada Messi no es Maradona. Exigir que Messi adopte la impostura maradoniana, con sus éxitos y sus excesos, es una demanda inconducente, sencillamente porque no porta con ese rasgo de carácter que pretendemos que demuestre, y porque dicha interpelación traslada una responsabilidad que boicotea por completo su mayor virtud: su talento como niño-futbolista, el juego infantil hechizado con la pelota que tanto admiran sus compañeros y colegas, aquello que hizo que Messi sea Messi y que lo llevó a la cumbre deportiva.

Quizás sea algo tarde, pero ¿no sería bueno que dejemos de reclamarle a Messi que sea Maradona? ¿Y si en lugar de remarcar permanentemente aquellas cualidades de las que adolece –liderazgo– priorizáramos potenciar sus virtudes para que nos haga mejores, entendiendo que Messi lidera con la pelota y no con la palabra?

Yo los quiero a los dos, a Leo y a Diego. ¿Elegir a uno por sobre el otro? ¿Para qué? Si ídolo ya tengo, y se llama Riquelme. Pero hay algo que todos deberíamos tener bien en claro: los mejores son estos dos genios. A sus tiempos, con sus modos, con sus formas de ser, pero indudablemente los mejores. Y son argentinos. Deberíamos sentirnos bendecidos: casi sin trabajo serio y sostenido, dimos luz a las dos perlas más brillantes de la historia del deporte más practicado en el mundo.

Como sea, el futuro que se avecina para la selección será tiempo de otros jugadores, que necesitarán de mejores contextos institucionales y deportivos. Sobre Messi, quién sabe. Yo me llevo una certeza de este mundo errante: atar su destino al sentido que nos legó Maradona es un sinsentido. Después de todo, destino y sentido, que son un anagrama, se escriben similar pero no son lo mismo. Como Messi y Maradona.

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Llegando al Fondo.

«Cuanto más poderoso sea el poder, con más sigilo opera. Cuando tiene que hacer expresamente hincapié en sí mismo, ya está debilitado». Byung Chul Han, quizás uno de los filósofos contemporáneos de mayor prestigio, señala que cuando el poder se convierte en un tema recurrente es cuando comienza su desintegración.

La pasada semana, las decisiones del poder fueron tema recurrente en la Argentina, y más lo fue la dialéctica desorientada y algo anacrónica del gobierno nacional para justificar dichas decisiones.

“De manera preventiva, he decidido iniciar conversaciones con el FMI para que nos otorgue una línea de apoyo financiero”, dijo el presidente Macri, y agregó: “para evitar crisis como las que hemos tenido en nuestra historia”. Lo que no dijo es que la crisis ya se inició, y que el dinero solicitado –se presume– evitará que se profundice, al menos hasta las elecciones de 2019.

Analicemos por un momento el significado del discurso presidencial. “Crédito preventivo”, apunta el primer mandatario. Seré joven –según mi querida abuela, ya no tanto– pero jamás escuché de alguien que pida plata prestada “preventivamente”. A mi juicio, la intención de endeudarse “por las dudas” es una quimera, y el solo hecho de calificar un crédito como “preventivo”, una contradicción de términos. Pide quien necesita. Sabemos, además, que en este sistema capitalista –que de agorero tiene mucho y de benefactor poco– quien presta dinero busca siempre algo a cambio, de mínima, ganar más plata a costas del deudor. Recapitulemos entonces: endeudarse preventivamente no suena muy convincente: o bien la plata es una necesidad real o alguien nos está “engrupiendo” –como dice mi querido abuelo– y tendremos al FMI en el jardín de casa unos cuantos años.

Insisto sobre lo mismo: si bien se alega que el crédito es precautorio, el ministro de hacienda, Nicolás Dujovne, ¡sale inmediatamente de raje hacia Washington a negociar las condiciones del acuerdo! No soy (ni sería) financista, pero supongo que nadie va de apuro a negociar las condiciones de un préstamo que, por ser preventivo, no necesita acordar en forma inmediata. Todo el mundo sabe que en una negociación la premura y la desesperación –amigas de la necesidad– suelen pagarse caro. Por otro lado, tampoco creo que pedir prestada la friolera suma de U$D 30 mil millones pueda ser un acto preventivo: ni el más prudente de los gobiernos en la historia ha pedido semejante dinero “para evitar futuras crisis”. Repito: o realmente necesitamos esa plata, o en todo este aquelarre hay alguien que nos está engrupiendo. Me gustaría dar al gobierno el beneficio de la duda, pero desde la rosada son los primeros en enviar señales y palabras equívocas. Hechos y palabras no se condicen, como las del ministro de finanzas, Luis Caputo, cuatro días antes del anuncio: “en 2018 no tomaremos más deuda en el mercado internacional” (04/05/18). No hay remate.

Lo que estamos viendo es que el costo de ser un país pequeño e inestable se volvió exorbitante. No es ninguna novedad que Argentina gasta más dólares de los que ingresan, sucede hace años. Lo novedoso parece ser, amén de las promesas de soluciones incumplidas en la materia, que volvimos a estar dispuestos a cualquier cosa con tal de arañar dólares en el sistema financiero internacional.

El gobierno –el cambio– parecería no escapar al síntoma argentino por antonomasia: necesitamos que ocurra un hecho catastrófico –en este caso, una corrida cambiaria– para reconocer y admitir, lamentablemente en forma retrospectiva, que podía suceder. Por “admitir”, por supuesto, no me refiero a sincerar ante la sociedad los efectos de la corrida y devaluación, porque eso no ocurrió. Lo que sí ocurrió fue que el gobierno también corrió –salió versado– hacia el FMI. Eso, entiendo, es una admisión de hecho. Nadie acude al FMI en modo preventivo: el organismo aparece cuando los papeles queman.

Lo que estamos ratificando, una vez más, es que los mercados son cualquier cosa menos tontos: huelen el menor indicio de desorientación e improvisación del gobierno, y por supuesto actúan en consecuencia.

No quiero referirme aquí al sabor amargo que el FMI dejó en nuestro imaginario colectivo. Presumo que a gran parte de los argentinos nos remite al helicóptero, el final de la etapa más triste, aciaga y dolorosa de nuestra historia moderna. Me gustaría, más bien, abordar las causas que desencadenaron este desenlace que vuelve a atar nuestra soberanía al Fondo, ese Sísifo moderno que, bajo nuestra estricta responsabilidad, parece atarnos in eternum.

LAS RAÍCES DEL FENÓMENO.

En líneas generales, el gabinete de gobierno –compuesto por ex altos directores ejecutivos de mayor o menor éxito, dependiendo de cómo se lo mire– expuso una continuidad de ideas y nociones más vinculadas a la dirección corporativa de una compañía –cuya naturaleza per se está asociada a la utilidad– que al gobierno de una sociedad de (des)iguales. La idea rectora de fondo es que el gobierno funcione más parecido a una empresa. En ese sentido, nos encontramos ante un gobierno que no gobierna, sino gestiona la administración pública.

Cambiemos habita un mundo de administradores y tecnócratas que circunstancialmente hicieron baza en el estado –“bazza”, del italiano “ganancia”, capricho de las palabras–, y que son portadores de un dogma unívoco: resolver problemas –la herencia– significa cuadrar las cuentas. Tengo una mala noticia para dar(nos): dos años y medio después, las cuentas todavía no cuadran. El déficit fiscal sigue tan alto como siempre, y más importante, nuestra debilidad estructural, la falta de dólares, profundizó su desequilibrio hasta llegar a los U$D 50 mil millones (importaciones, turismo, dolarización y fuga, intereses de deuda en constante incremento, etc.).

Vayamos a la gestación del fenómeno: desde un principio, el gobierno prometió una lluvia de inversiones que multiplicaría el empleo y el consumo. Para atraer esos dólares, al menos en la teoría, esgrimió como incentivo la necesidad de flexibilizar el mercado de trabajo, desregular gran parte de la economía y liberalizar el mercado de capitales. Sin embargo, al habilitar la apertura irrestricta del capital –permitiendo el libre flujo de circulación– y simultáneamente pagar tasas de interés siderales, únicas a nivel mundial, el gobierno sencillamente encausó los dólares que ingresaban hacia las atractivas ganancias del sector financiero. La economía, al menos en ese sentido, suele ser bastante previsible: el incentivo a la inversión financiera vía altas tasas de rentabilidad desalienta directamente la inversión productiva, y por consiguiente también la creación de puestos de trabajo, el ahorro y el consumo. Para saberlo no hace falta ser economista, simplemente alcanza con leer los libros de historia, de Martínez de Hoz para acá.

Lo concreto es que, lógicamente, la lluvia de inversiones productivas que prometía Macri nunca llegó. Descreo, como arguyen algunos funcionarios faltos de imaginación, que haya sido un “efecto no deseado de la política económica” o una “reacción inesperada de los mercados ante la falta de confianza”. Por el contrario, en estos días terminó de quedar bien claro que el gobierno puso el estado al servicio de los intereses del capital financiero especulativo internacional.

Breve ejemplo de escala menor: hasta hace poco, con el dólar a $20, la inversión de U$D 100 mil en LEBAC´s de aproximadamente un mes de plazo pagaba una renta de alrededor $57 mil. Dinero garantizado de antemano. Entiéndase: $57 mil en un mes, a solo tres clicks de distancia, y sin producir ni un fósforo.

La lógica de negocios estimulada desde la rosada es (¿era?) simple y predatoria: ganancias extraordinarias, rápidas y cortoplacistas, que pueden convertirse a dólares y volver a derivarse fuera del pais en un parpadeo. La pasada semana, solamente JP Morgan retiró hacia el exterior U$D 1500 millones de un plumazo, por supuesto… antes de la devaluación. Piensen en la cantidad de jugadores que hay en el mercado y hagan sus cuentas.

Esta bicicleta financiera, garantizada por el estado nacional vía endeudamiento y venta de reservas, aparentemente tocó su fin la semana pasada, cuando se encareció el financiamiento externo y los grandes capitales internacionales decidieron que ya era riesgoso seguir invirtiendo en el país. Asustados ante este panorama, recolectaron su capital y sus enormes ganancias en dólares a cotización pre-devaluatoria garantizada ($20,50). Así, en una semana volaron más de U$D 7 mil millones de reservas del B.C.R.A. Y la dilapidación de reservas acumuló más de U$D 11 mil millones en el último mes y medio, el equivalente a todo el presupuesto nacional en educación, más del doble del de salud, 7 veces el de ciencia y tecnología, más de 3 veces del ahorro que el gobierno pergeñó en jubilaciones y AUH con el cambio de fórmula, 55 años de fútbol para todos. El combo explosivo se completa con U$D 150.000 millones de deuda en 2 años y medio.

Hago un paréntesis que no puedo dejar de lado: ¿no les resulta una cruel y amarga ironía pensar que despedimos trabajadores del INTI y CONICET para ahorrar algunos cientos de millones de pesos que –según se dice– el estado no podía afrontar? Hablamos de cerebros que estaban al servicio de la nación, aportando valor y conocimiento a nuestra sociedad, y que cesanteamos para supuestamente “equilibrar las cuentas”.

Hay quienes endilgan la responsabilidad de la crisis a la impericia del gobierno. Si por impericia entendemos un plan sistemático para incentivar y favorecer los movimientos liberalizados de capital, garantizando ganancias exorbitantes para unos pocos, entonces estamos de acuerdo. La ecuación es simple: si correlacionáramos el crecimiento de la deuda pública y la evolución de las ganancias financieras, veríamos que los ganadores son los mismos de siempre, quienes, está claro, no podrían justificar sus utilidades en base a su beneficiosa contribución a la sociedad.

Según la visión incentivada en los hechos por el gobierno, es decir, aquella que encontramos en sus decisiones políticas y que excede lo dicho en spots electorales y campañas de marketing, los trabajos que mueven dinero –y que no crean nada de valor tangible– son los que deberían llevarse las mejores ganancias. Los invito a preguntarse conmigo: ¿cómo es posible que quienes contribuyen al crecimiento y la prosperidad –maestros, médicos, científicos, enfermeros– estén tan mal pagos, y que quienes se dedican a mover dinero, labor intrascendente e incluso destructiva hacia el resto de la sociedad, acumulen tanta ganancia?

Repito lo de siempre: es evidente que no aprendemos de la historia y que estamos condenados a repetirla. Karl Marx escribió alguna vez que la historia ocurre dos veces: primero sucede como gran tragedia, y luego se repite como miserable farsa. Henos aquí arrinconados en nuestra propia farsa: perdimos de vista que el capital es salvaje, persigue únicamente su propia reproducción, y que no tiene lealtad ni memoria, incluso para con gobiernos de su propia estirpe económica. Las burbujas, más tarde o más temprano, siempre revientan.

Nuestra historia es un disco rayado que salta de la tragedia a la farsa con asombrosa asiduidad. Somos un país en loop permanente, que cada tanto repite el mismo esquema y, como es de esperar, llega a los mismos resultados.

Tras los excesos del último gobierno kirchnerista, y con la legitimidad que otorgan las urnas –y al parecer también los medios–, fuimos convencidos nuevamente de que el éxito económico pasaba por tener un estado chico y eficiente que garantizara inversiones grandes y florecientes. Me permito recordarnos algo: que muchos crean en una idea no la hace correcta, simplemente la hace mayoritaria. Y está visto, sólo circunstancialmente.

Hace poco leí una frase en un libro de Naomi Klein: «la historia es importante. Si la desconoces, bien podrías haber nacido ayer. Y si naciste ayer, cualquiera que se encuentre en una posición de poder te puede decir lo que quiera, y tú no tendrás forma de comprobarlo». La reflexión la dejo para uds.

LA ¿SOLUCIÓN?

Lo concreto es que frente a este escenario autoprovocado, el gobierno se encerró en malas decisiones y, en lugar de reconocer la crisis, opta por mostrar desorientación, improvisación y cinismo. El problema, como es usual, es que en el medio quedan los desahuciados de siempre: los trabajadores de a pie, los asalariados, los jubilados, los precarizados y los empobrecidos.

Esta crisis es una consecuencia lógica de las políticas que está impulsando el gobierno, y en la fase final de la fiesta financiera llegamos, una vez más, de rodillas al FMI. Este organismo, que poco ha cambiado y es el viejo conocido de siempre, tiene bien en claro lo mucho que se puede prometer cuando la desesperación por conseguir dinero es lo suficientemente grande.

“Llegando al Fondo” titulé este artículo. Pensándolo mejor, el gerundio bien podría haber sido “volviendo”. Porque según parece, al Fondo siempre se vuelve. Lo dicho: loop, farsa y repetición cumpulsiva.

En la mitología griega, Medusa era una guardiana, algo monstruosa pero a la vez siniestramente atractiva, que convertía en piedra a quienes se atrevían a mirarla fijamente a los ojos. El FMI, pienso, es nuestra cabeza de Medusa: aquel vigilante monstruoso al que miramos y nos petrifica mortalmente, pero al que tarde o temprano, en virtud de una atracción siniestra, siempre regresamos.

Digamos las cosas como son: la deuda internacional es un instrumento de control y dominación, y como tal, apunta siempre a su propia reproducción. El verdadero negocio del FMI no es precisamente el de cobrar el dinero prestado con más los intereses, sino por el contrario, el negocio estriba en la perpetuidad de la deuda y los punitorios –que se refinancian con más deuda– y que mantienen al país deudor en una situación permanente de dependencia y subordinación. El organismo se aprovecha de las situaciones de crisis para interferir en las decisiones domésticas y digitar –entiéndase, forzar– políticas que nunca hubieran prosperado en épocas de normalidad. En criollo: imponer reformas de mercado a cambio de dinero que se necesita desesperadamente.

Basta con revisar nuestro pasado reciente, y el presente de países como Grecia, para entender que bajo la excusa de la crisis, y por sugerencia del FMI –llamémosle sugerencia–, se implementaron toda una serie de medidas de austeridad, privatizaciones, flexibilización y desregulación en favor de la libre competencia de las fuerzas del mercado. Porque la mano del mercado será invisible, pero siempre necesita el empujoncito de su otra mano, la visible, la derecha.

Sin ir más lejos, el informe sobre la Argentina elaborado por el Fondo a fin de año pasado (2017), antes de acudir por ayuda financiera, sugirió que “bajar el gasto público es esencial, especialmente salarios, jubilaciones y transferencias sociales” y que “para impulsar la productividad y el crecimiento a largo plazo se requiere acelerar la apertura importadora”. El FMI es como aquel hombre abusador que vuelve prometiendo que estuvo pensando, que cambió, que ya no es el de antes, pero de buenas a primeras demuestra que su esencia es la misma, y que su naturaleza abusadora no ha desaparecido. Mientras tanto, como todavía no estamos preparados para enfrentarlo y erradicarlo de nuestras vidas, nos vamos preparamos para que el próximo golpe duela menos.

Hay algo que debemos tener bien claro: la inestabilidad y la incertidumbre no son cuestiones que el FMI venga a solucionar; por el contrario, el organismo se nutre de las crisis y vive del caos. Perpetuar una situación de crisis e inestabilidad está a la base de su propio interés como institución.

Teniendo en cuenta este panorama, no debería sorprendernos que bajo el amparo de una crisis presente o futura que provoque desorientación social y temor generalizado, el gobierno encuentre la argamasa ideal para implementar reformas impopulares que ataquen directamente al esquema de la seguridad social. Los argentinos deberíamos saberlo mejor que ningún otro: la excepcionalidad de la crisis, real o exagerada, suele utilizarse para justificar todo tipo de medidas impopulares.

ARGENTINA S.A.

Repito la idea más importante que me gustaría transmitir: el gobierno gestiona la cosa pública, pero olvida que el estado no es una empresa. A diferencia de la fabricación de un producto o la venta de un servicio –propios de una compañía que contrata sus empleados–, un gobierno no puede enfocarse únicamente en hacerse “más eficiente” y “ordenar los balances”, porque dicha tarea pasa por alto que detrás de cada número hay personas, y es allí donde usualmente digo que las decisiones de la política se hacen carne en la vida de la gente. Estas personas –los cuidadanos– no son los empleados del gobierno, por el contrario, técnicamente somos sus empleadores. Cuestiones que según la visión economicista del gobierno son pura pérdida en términos utilitarios, esconden aspectos brutalmente sensibles para la administración del bienestar general de la población.

La ciudadanía no puede –y no debe– ser reducida a un cálculo de planilla excel, a un esquema de eficiencia o a un modelo de rendimientos marginales decrecientes. Me resisto a aceptarlo.

Me resisto a aceptar que los derechos de educación, salud y servicios públicos de calidad sean gestionados como una herramienta más al servicio del mercado. Me resisto a convalidar que el gobierno considere le inversión en educación al mismo nivel que la decisión de un banquero o un capitalista de invertir en esta o aquella compañía.

Me resisto a apoyar la insistencia del gobierno en dirigir escuelas, universidades, transportes y hospitales como si fueran empresas, priorizando el equilibrio presupuestario por sobre el valor que brindan a la ciudadanía.

Me resisto a aprobar la obsesión del gobierno con la eficacia y la productividad: será siempre más fácil ser eficaz y productivo para quien tiene muchos recursos que para quien tiene pocos y malos.

El gobierno parece enceguecido y no se da cuenta de algo esencial: para prosperar, un país serio debería gastar más en maestros, médicos y científicos. En lugar de ver estos incrementos como una ventaja, la alianza Cambiemos los pondera como un costo, un inconveniente, ignorando que la verdadera riqueza de una nación se mide por el valor de lo que producen sus ciudadanos y no por los precios que maneja el mercado.

Me resisto a aceptar que a raíz de toda la confusión política que nos rodea, nuestra sociedad haya perdido registro del valor real de la educación, la ciencia, la cultura, la atención en salud. Administrar lo público como una empresa es sencillamente priorizar los números por sobre las personas, dando la espalda a la mayor parte de nuestros compatriotas que confían sus hijos y sus vidas a los servicios públicos porque no pueden pagar algo mejor.

Básicamente, el arte de gobernar bien significa bregar por el bienestar general de la mayoría. Gestionar una empresa, por definición, apunta a generar ganancias que le permitan subsistir en el tiempo y eventualmente crecer más que el resto. En consecuencia, visto en términos de riqueza social, afrontar un gobierno como una compañía es una experiencia destinada al fracaso. Gobierno y empresa portan lógicas que se excluyen mutuamente. Existen aspectos básicos de una sociedad que pueden ser gobernados a pérdida pero exitosamente: en ocasiones, lo que la contabilidad registra como una pérdida económica, la sociedad lo recibe como una ganancia en términos humanos. Lo dijo Rutger Bregman, en su recomendable libro Utopía para realistas: «gobernar en función de los números es el último recurso de un país que ya no sabe lo que quiere, un país que no contempla la utopía».

Pienso que una crisis de magnitud daría al gobierno la conveniente excusa para terminar de abandonar sus promesas de campaña y podar aún más el sistema económico en favor del mercado y en detrimento de trabajadores, pobres, jubilados, desprotegidos e incapacitados.

En los hechos, la promesa de campaña de “pobreza cero” no fue más que eso, una promesa, y la declaración de guerra contra la pobreza pasó a ser una guerra contra los pobres. Alguna vez leí que George Orwell, quien padeció las limitaciones de la pobreza en carne propia, se maravilló por «cómo la gente da por sentado que tiene derecho a sermonearte en cuanto tus ingresos caen por debajo de cierto nivel». Me es imposible no asociar lo dicho a los consejos de austeridad y esfuerzo que permanentemente nos brindan funcionarios millonarios, cuyas riquezas descansan fuera del país. Todo me remite a la misma idea: la política a veces trasciende las palabras para pasar a ser carne: se en-carna en los pobres. Por eso los pobres y la clase trabajadora son los agentes de la historia, porque en algún punto son aquellos capaces de modificarla radicalmente.

La política económica del gobierno asociada al capital financiero-corporativo sin dudas ha sido virtuosa para unos pocos, y simboliza la idea de que el éxito es una fiesta a la que la mayoría de nosotros, los trabajadores y los pobres, no estamos invitados. Sin embargo, como no podía ser de otra manera, la fiesta financiera está solventada por una mayor deuda pública que absorbemos entre todos. En definitiva, entre todos financiamos el espectáculo de unos pocos a costas de la creciente precariedad que dejaremos a nuestros hijos y nietos. Porque siempre que se trate de deudas debemos recordar algo: la banca nunca pierde.

Alguna vez, Oscar Wilde escribió: «el descontento es el primer paso en el progreso de un hombre o una nación». Es hora de empezar a caminar.