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El gobierno picaflor.

El picaflor, ese pájaro veloz que tenemos por bello, tiene un metabolismo tan, pero tan rápido que precisa ingerir todos los días dos o tres veces su propio peso para no sufrir hambre. Por eso se la pasa volando incesantemente de aquí para allá, agitando las alas con la velocidad de un rayo: necesita comer, saciarse casi permanentemente. Traga, metaboliza y vuelve a comer en un ciclo sin fin. Donde algunos ven belleza en la hiperactividad de su aleteo, no hay más que una batalla incansable contra la hambruna.

Las últimas semanas de campaña electoral y rosca política han mostrado al gobierno algo nervioso e hiperquinético, en «modo picaflor», aleteando de aquí para allá con el afán de sobrevivir, buscando con alevosía alimentos para seguir volando, de mínima, hasta octubre.

No es para menos: la realidad socioeconómica no da tregua y, tras casi cuatro años de mandato y decisiones políticas incuestionablemente propias, queda poco espacio para endilgar responsabilidades a los antepasados políticos más próximos. Aunque varios medios y miedos nos quieran convencer de lo contrario, la realidad es que no hay nada más radical que los hechos. Y los hechos, en este caso, no son otros que nuestra heladera, nuestros ingresos –o más bien, egresos–, nuestros jubilados, nuestros jóvenes, nuestros enfermos, nuestros pobres y tantos más.

Se nos dijo que esperemos –primero un semestre, luego otro, ahora ¡otro mandato!–, que los resultados derramarían, y que el común de la gente verá algo de los beneficios que hasta ahora usufructúan solo unos pocos afortunados, aquellos con dinero y buen tino para la timba financiera. Con una obediencia cívica envidiable para cualquier gobierno, esperamos pacientemente, casi 4 años. Pero perdimos de vista una cosa: en política, usando palabras de Martin Luther King, «espera» ha significado casi siempre «nunca». El poder, desde la comodidad que otorga el púlpito de la autoridad, nunca concede nada si no se le exige. Y así hemos visto pasar el último par de años, anestesiados, poco exigentes, atestiguando cómo nuestra calidad de vida se depreciaba mes a mes en un tobogán que parece no tener fin, esperando por un «cambio» que, si bien prometido, nunca apareció.

Lo cierto es que los genios de las finanzas, CEO´S y administradores de empresas exitosísimas en obtener ganancias y evadir impuestos, no tienen un solo indicador macroeconómico exitoso para mostrar. El imperativo de “ordenar los números” y sanear la economía de la nación, quedó demostrado, no pasó de sanata: estamos más en rojo que antes. No quiero centrarme aquí en las promesas de campaña incumplidas, sino más bien enumerar algunos hitos ejemplificadores que sí han cumplimentado con éxito rotundo, como ser la caída de salario real, inflación, fuga de divisas, devaluación, desocupación, pobreza e indigencia más altas de los últimos 27 años; o los 5 millones de niños pobres (la mitad de los menores de 14 años); o la deuda externa, el préstamo del FMI y el pago de intereses de deuda más grandes de la historia nacional, entre otros gloriosos sucesos.

Lo concreto y a la vista de todos, primeramente, es que el estado no es una empresa, y que administrar los recursos públicos excede largamente a las virtudes de encontrar utilidades donde antes había pérdidas. La administración pública no se gerencia, y gobernar no es gestionar: se gestiona una compañía, en cambio, se gobierna personas. Hete aquí el nudo del problema: la naturaleza rentística de la alianza Cambiemos, su paradigma empresarial, su visión de negocios aplicada directamente a la vida de la gente. Una empresa administra recursos y arroja ganancias o saldos negativos; el estado, en cambio, administra voluntades, cuerpos, ideas, en definitiva, el bienestar general y la vida de sus ciudadanos.

Macri, Peña y sus acólitos del PRO gobiernan bajo una visión de negocios que considera a la política como una burocracia innecesaria y a todos los políticos como corruptos, deshonestos o incapaces. El estado, según nos cuentan, no es más que un obstáculo para las empresas, y de ser posible, prescindirían completamente de la política. Según su perspectiva «gestionaria» de gobierno, los problemas se resuelven con buena administración, con técnica, afinando el lápiz. Pierden ominosamente de vista que, repitan conmigo, detrás de los problemas del estado, muchas veces, está la gente. Los números, es sabido, suelen llevarse mal con la sensibilidad social, pero lo importante, afirman, es ¡que cierren las cuentas!

Lo dicho: el oficialismo ve al estado primordialmente como un modelo de negocios. La empresa per se está diseñada para obtener rentabilidad: no importa cuánto dinero pida prestado, lo fundamental es que sus dueños o accionistas reproduzcan su capital. No solo eso, la premisa básica consiste en obtener la mayor ganancia al menor costo posible. Por lo tanto, desde la perspectiva cambiemita –el estado como unidad de negocios–, los salarios, los pobres y los asistidos son un costo. ¿Qué se hace con los costos? Bravo, se eliminan, o en el peor caso se reducen a la mínima expresión. ¿Cómo se logra eso? Recortando jubilaciones, pensiones por discapacidad, remedios crónicos (oncológicos, diabéticos, etc.), subsidios sociales, despidiendo trabajadores y, sobre todo, abaratando el costo de la mano de obra: si millares de desempleados pugnan por conseguir el mismo puesto de trabajo, no solo voy a pagar un sueldo más bajo, sino que a futuro voy a poder disciplinar sus demandas: es lo que hay, chito la boca o pa´casa. Si fuera posible, el gobierno se desharía de un plumazo de todos los revoltosos que insumen gastos sociales y se quedaría sólo con la gente bien, los ciudadanos que no joden.

Hannah Arendt alguna vez escribió que “en la actualidad, la desaparición del sentido común es el signo más claro de la crisis de hoy”. Ese razonamiento explica nuestro presente: atrapados in eternum en el bucle de «la grieta», que ha ido difuminando nuestro sentido común, parecería que perdimos de vista que Cambiemos demostró ser un gobierno de clase, elitista, que deliberadamente eligió al empresariado y al sector financiero como destinatario preferente de sus políticas públicas. De ahí el ninguneo y el desfinanciamiento a los jubilados, a los enfermos dependientes de los suministros del estado, a la cultura, a la educación, a la ciencia. De ahí también el discurso de progreso social a través del esfuerzo individual y el emprededorismo: «el hazlo tú mismo, no jodas al estado». Fomentar la producción de bienes públicos para el bienestar y el progreso de la sociedad no es una opción para el gobierno, sino un gasto innecesario. Bajar deliberadamente la calidad de los servicios públicos se torna en la excusa perfecta para argumentar contra el costo que representan: pocos se opondrían a recortarlos cuando el beneficio social es tan bajo en contraposición al gasto.

El estado, en definitiva, es visto por el oficialismo como un problema, no como el medio necesario para crear una sociedad más igualitaria, la herramienta por excelencia para proteger a los más débiles y arropar a los excluidos del sistema. En línea directa, un estado que vive pidiendo dinero prestado y pagando intereses de todo tipo es un estado débil, que poco puede hacer por los que menos tienen. El estado manco, endeudado, ineficaz, es otra excusa perfecta para dejar de contener a quienes más lo necesitan: destinar entonces recursos hacia los marginados es irracional, plata tirada a la basura, dinero desechado sobre desechos. Eso sí, la monstruosa transferencia de recursos hacia quienes cobran intereses de las arcas públicas no se cuestiona. Because business is business.

En este contexto de penuria económica y pauperización general para el común de los argentinos, resulta llamativo que el patrimonio del presidente haya crecido más de un 50% el año pasado. Dicho crecimiento se debió, entre otras cosas, a la compra de bonos de deuda argentinos que él mismo emite a la cabeza del poder ejecutivo. No importa si eso está bien o mal desde el punto de vista patrimonial: es simplemente inmoral, y cualquier razonamiento serio sabría detectarlo. Por otro lado, ¿cómo explicar sin siquiera sonrojarse que solo con los recursos públicos dilapidados en UN día (05/08/19) para contener al dólar antes de las elecciones (USD 519 millones + $4.000 millones de intereses) habríamos podido construir 5 jardines, o 2 hospitales, o solventar al Conicet durante 2 años? Hay hechos que no resisten el más mínimo análisis, y que nuestro sentido común –distraído hablando del último look de Juliana Awada o de los contenedores de la yegua enterrados en el sur– parecería estar obviando. Lamentable, ¿no es cierto?

La transferencia de recursos públicos hacia las clases dominantes comprende una lista mucho más larga y preocupante, pero me gustaría detenerme en lo siguiente: ante la obscenidad que las medidas económicas del gobierno representan para las clases trabajadoras y la vacuidad de su peso como sujeto político, Cambiemos eligió seguir jugando la única carta que sabe jugar: la de autoproclamarse como la eterna víctima del pasado infame, esa «pesada herencia» que azota a los argentinos y no nos deja ser lo maravillosos que podemos ser juntos.

La idea de ser víctima es central en el ideario político argentino, y el gobierno –que carece de una identidad propia– resolvió llevar adelante su plan económico bajo el caparazón electoral que le otorgó el lugar de víctima, como si esa etiqueta habilitante lo legitimara para decir y hacer lo que sea en nombre de todos. Por definición, la víctima como tal no es merecedora de lo que le pasa ni es responsable por lo que le han hecho, y por lo tanto cuenta con una ventaja comparativa: solemos tener ciertos bemoles al momento de juzgar sus acciones y desmontar sus argumentos, precisamente por su calidad de víctima. Fruto de su posición subalterna, padece la culpa y la irresponsabilidad por los actos de terceros, y es por ello que le tenemos más paciencia: se le perdonan cosas que jamás dejaríamos pasar a otros –a quienes se hacen cargo de sus acciones–.

Pero para que el círculo sea perfecto, la construcción de la víctima desde el poder debe tener un correlato: necesita representar a alguien, de lo contrario, no podrá sostener su posición de autoridad victimizada durante mucho tiempo. Es por ello que el gobierno –recordemos, desprovisto de lazos políticos con el ciudadano– resuelve acercarse al “tipo común”, la “verdadera víctima de las garras del populismo”, aquel a quien “nosotros, el gobierno del cambio, venimos a redimir, sacrificando incluso nuestras exitosas carreras en la esfera privada”. Allí, en la construcción de la figura del ciudadano-víctima, se busca generar un lazo afectivo de sustrato social donde antes no había nada. Éste es un punto nodal en la fábula victimista del gobierno, el momento donde entra en escena la teatralización. Macri y Vidal simulan, escenifican: hacen como que entienden los problemas de “la gente”, admiten las dificultades, timbrean, toman mate y se muestran cercanos al “hombre común, como vos, como yo”. Pero no resuelven nada. Porque está a la vista: poco les interesa resolver en la vida del trabajador de a pie. Escuchan, fingen comprensión, trazan muecas de falsa empatía, prometen: pero luego, al apagarse las cámaras, omiten resolver. Simulan una sensibilidad que no existe. A fin de cuentas, tiene lógica que quien perteneció toda su vida a la casta empresarial, vinculado desde la cuna con la burguesía financiera y los grandes negocios con el estado, piense que el genuino interés de la nación radica en ese mundo: la ganancia de unos pocos, los que «arriesgamos» nuestra plata y «damos» trabajo al resto. Pareciera que el principio rector es “el fuerte hace lo que puede y el débil sufre lo que debe”. Quéselevaahacer.

El otro factor político de la ecuación viene dado por el uso electoral de «la grieta»: de ella depende la supervivencia electoral de la alianza Cambiemos, le conviene, la sacraliza, atiza el fuego de la división social. En otras palabras, ante su identidad vacía y su desprecio por la construcción política –ese mundo repleto de vejámenes y corruptelas que, por cierto, conoce muy bien– el gobierno realza el rasgo más resentido, cruel y desigualitario de la sociedad porque le conviene electoralmente. No supo ni quiso construir un campo propio de acción, resolvió únicamente avivar la chispa de la diferencia, desestimando la creación de un nosotros sólido. En gran medida por su desprecio por la política pero en parte también por carencias estructurales, Cambiemos mostró enorme preocupación por sí mismo, pero escasa vocación por construir una estructura estable al cuidado de la sociedad.

A fin de cuentas, el gobierno de los paladines de la república, los alfiles de la institucionalidad, que venían a tender puentes de diálogo para unir a los argentinos, no solo montaron carpas vigilantes sobre la grieta que prometieron suturar, sino que hicieron del encuentro con el Otro –con mayúsculas– una operación casi imposible. La buena noticia es que definir tu identidad política únicamente por oposición a un otro demonizado, a la larga o a la corta, es una forma de sustanciación política que tiene fecha de vencimiento –un globo que se infla pero en algún momento estalla–, por el simple hecho de que no construye nada, carece de bases sólidas. Por eso la obsesión por hablar permanentemente del kirchnerismo y mantenerlo con posibilidades concretas de triunfar; por eso la desorientación ante un frente opositor donde la letra k aparece pero esmerilada, mezclada entre otras; por eso el uso genérico de la palabra “mafia” para catalogar a cualquier opositor que no puedan cooptar.

Entristece saber que nos gobiernan representantes de empresas que, para derrotar a un populismo que “sacrificaba el largo plazo”, tomaron deuda a 100 años –que pagarán nuestros bisnietos–  y U$D 195 mil millones de endeudamiento externo. Entristece saber que nuestros funcionarios deciden tener un presupuesto en publicidad más alto que en educación. Entristece saber que nuestro gabinete de ministros, hijos herederos de familias ricas, atribuyen su propio éxito al emprededorismo y mérito personal, y que mantienen sus activos –los de papá– en el exterior. Sentido común mediante, las elecciones existen –al menos deberían– para corregir estos problemas. Pero mientras la votación se avecina, los medios eluden tratar estos temas y nos mantienen distraídos hablando de corruptelas, fueros y testaferros, cuando la verdadera guita se escapa por otro lado: leliqs, lebacs, deuda, fuga, intereses, comisiones. El macrismo y el kirchnerismo algún día se irán, sin embargo, la deuda tomada quedará ahí, inmutable, esperando a que alguien cumpla y pague –o refinancie, volviendo a iniciar el ciclo de sometimiento bobo–.

En el medio, como siempre, quedamos nosotros, «la gente». No nos absuelvo: tenemos lo que votamos, y votamos lo que nos merecemos. Apelo, nuevamente, al sentido común: si el balance social de este período es calamitoso, ¿qué nos hace pensar que mejorará usando la misma receta –“en la misma dirección pero más rápido”– durante los próximos 4 años?

Casi 150 años atrás, Sarmiento remarcaba que el anagrama de argentinos es ignorantes. Hace poco, también leí que sus contras le retrucaban que el anagrama de Sarmiento es mentirosa. Ninguna de las dos opciones suena venturosa, pero quizás ambas tengan algo de razón. Somos algo ignorantes para elegir y algo mentirosos para evaluar nuestras elecciones. Resolvemos ignorar para mentirnos, y mentirnos para ignorar.

Ahora bien, apelando a nuestro buen corazón, creo que existe una sola cosa que puede hacernos superar el actual laberinto de ignorancia, mentira, división y grieta: la pobreza. Me refiero a tomar conciencia de la pobreza que nos rodea, a negarnos a naturalizarla como una cosa dada, a patalear y combatirla, empezando por pensar un poco mejor nuestro voto. Si ver cada día más familias pobres revolviendo basura para comer no te conmueve; si no sentís empatía por un padre de familia sin trabajo, piedad por un pibe de la calle o compasión por un jubilado que tiene que elegir entre almorzar o cenar, ¿entonces qué otra cosa puede movilizar tu conciencia? Si a pesar de la pobreza que te rodea –y que se ha multiplicado– elegís tu voto motivado por el odio y el miedo, te estarías traicionando incluso a vos mismo, porque el próximo pobre o exiliado podrías ser vos.

Como tantas veces en nuestra historia, repetimos un escenario de malhumor y miseria colectiva mezclado con la constatación de que no aparecen alternativas para revertirlo, conjuntamente con la sensación de que no sabemos hacia dónde ir y de que no se vislumbran maneras de mejorar. Al mismo tiempo, también repetimos camino: buscamos a alguien que solucione las cosas por nosotros, que algún líder –disléxico o no– nos solucione la vida. El error está, nuevamente, en creer en lugar de hacer, en demandar en lugar de participar, en esperar en lugar de actuar. Ningún líder mesiánico vendrá a salvarnos, eso no es posible: el paciente en terapia intensiva requiere de la atención del médico para salvar su vida, pero también de su propia voluntad de luchar por seguir viviendo.

Mientras debatimos todo esto y evaluamos qué camino tomar, millones de pobres argentinos, como el picaflor, «aletean» con hambre de aquí para allá, intentando comer para sobrevivir. Con una salvedad: el picaflor sabe dónde encontrará su próximo alimento.

A no olvidarlo: mientras vos y yo discutimos de política y decidimos a quién votar el domingo, los pobres y los desahuciados siguen ahí afuera, poniendo el cuerpo. Y también los muertos.

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La fuga.

Bueno, cortito y al pie, en pocas palabras, algo de lo que está pasando.

Con el afán de contener la cotización de un dólar incontrolable en año electoral, el gobierno, avalado por el FMI, decidió dejar de lado el “tipo de cambio flotante” que orgullosamente había prometido. En consecuencia, de acá a fin de año, se utilizan los dólares que nos prestaron los amigos del Fondo para contener la cotización local de dicha divisa y evitar que suba drásticamente. Así, en los últimos 10 días hábiles se esfumaron U$D 5.400 millones del Banco Central. Sí, claro, esa deuda la tomamos y debemos todos.

Al inyectar los dólares prestados y no agrandar la base monetaria ni emitir moneda local, el dólar “se mantiene”, eufemismo para no decir que –artificialmente– deja de escalar.

Esto quiere decir –atenti– que todos nosotros sabemos que el valor del dólar oscilará entre los $45 y los $48, al menos hasta noviembre. La banca y los grandes capitales, por supuesto, también lo saben. Y –atenti– saben que, así como no existe ningún tipo de restricción para ingresar grandes masas de dólares al país, tampoco existen trabas para reconvertir sus miles de millones de pesos a dólares y esfumarlos al exterior de un día para el otro. La brusca devaluación del 100% de hace un año, cuando se la llevaron toda junta, dio cuenta de ello.

En simultáneo, bajo el supuesto argumento de incentivar a esos grandes capitales para dejar la plata en el país, hace tiempo se resolvió pagar altísimas tasas de interés de todo tipo y color. Así, estas corporaciones invierten sus flamantes pesos en lebacs, lecaps, leliqs y demás instrumentos financieros que nosotros, los laburantes, no entendemos. Sí, adivinaste: las ganancias son astronómicas.

A modo de ejemplo: tenés un manguito guardado y resolvés abrir un plazo fijo en el banco. No solo protegés tu plata contra la depreciación causada por la inflación sino que, apostando por tu país, resolvés dejarla dentro del sistema y no comprar dólares. El banco te paga una tasa de aproximadamente el 40%. Con esa misma plata que vos –y tantos otros ahorristas– inmovilizan en instituciones bancarias, ellos van y colocan Leliqs a tasa del 72%. Es decir, trabajando TU plata, la banca gana más del 30% y casi sin riesgos. Y la cosa no termina ahí: tu plazo fijo, de mínima, lo colocás por 30 días. Ellos, en cambio, pueden entrar y salir de las Leliqs una vez por semana.

Pero, ¿te acordás que el gobierno y el FMI –no lo olvides, año electoral– ahora garantizan que la cotización del dólar no se va a disparar, cierto? Eso quiere decir que los miles y miles de millones de pesos que los grandes capitales ingresaron al sistema financiero nacional –y que ganan muchísima plata usufructuando la tasa de interés más alta del planeta– no corren riesgo de sufrir una devaluación repentina y depreciarse bruscamente. Entonces, ¿qué hacen las corporaciones financieras una vez que ganaron fortunas con esas tasas a cotización segura? Acertaste: vuelven a pasar su bolsa de capital a dólares y se la llevan, sin restricciones y en un santiamén, toda junta al exterior. La expresión “en pala” se queda corta.

Recordá: ¿quién financia con deuda del FMI la cotización “estable” del dólar? ¡Sí, vos, yo, tus nietos! Entre todos tomamos deuda soberana para financiar la fuga de dólares de unos pocos al exterior. De eso se trata. Eso está pasando mientras nos distraemos hablando de la grieta. Es un saqueo deliberado.

La transferencia de recursos hacia el sector financiero es impresionante. Y es una política de estado. La fuga, dañina y cromática, es color verde (des)esperanza. Mientras tanto, debido a restricciones internas, a vos no te dejan comprar más de 3 cartones de leche. Pero podés pagar el aumento del gas en cuotas, digamos todo.

Ah, la foto-chiste de Landrú que adorna esta columna tiene 30 años.

Argentina·Cambiemos

Triste, amargao y sin garufa.

¿Se acuerdan de cuando la inflación era consecuencia de la “emisión descontrolada”, el “calentamiento de la economía”, el “consumo irracional y excesivo”, y la “escasez de oferta” ante una “demanda artificial”, producto de clases populares a quienes “les habían hecho creer que podían comprar cosas fuera de su alcance”?
¡Qué épocas aquellas!
 
Les comparto otro tango, escrito en 1932, cuya literalidad es tan, tan actual, que sorprende -o quizás no tanto.
 
En momentos como estos, donde como sociedad nos enfrentamos a nuestra eterna circularidad -esa dolorosa compulsión a repetir errores del pasado-, y cuando nuestra capacidad de resignación parece ser infinita, hoy, más que nunca, debemos despertar de nuestro apacible letargo, de la anestesiada resignación que poco a poco está destruyéndonos, pauperizándonos cada día un poco más.
Sin importar colores, banderas o partidos políticos, el dedito ahí adentro lo estamos sintiendo todos, sufriendo todos. Al menos todos los que ponemos el hombro trabajando. ¡A despertarse!
Argentina·Boca·Fútbol·Riquelme

Un doloroso fracaso llamado Angelici.

Angelici llegó a Boca en 2011, con el equipo campeón invicto y river padeciendo en la B. Nos conminó a renovar los pasaportes. E inmediatamente hizo creer a los boquenses que el problema era Riquelme, a quien echó apenas pudo. Paradójicamente lo despidió a mediados de 2014, momento en que asume Gallardo. Visionario, el tano.

Desde aquel entonces nuestro objeto de deseo –river– nos hizo sujeto del suyo. Una manera sutil de decir que, si bien no nos ganaron siempre, nos rompieron el ojete en los partidos que más importaban. ¿Era Román realmente el problema? ¿O es otro?

Angelici –hincha de Huracán– lleva gastados casi U$D 80 millones en refuerzos que mayormente no cumplieron con las expectativas. Acostumbrado a la rosca política y a operar en las sombras, siempre lo hizo a favor de sus propios negociados y los de sus allegados, jamás en favor de los intereses del club. Repito, para que se entienda: Angelici es cualquier cosa menos hincha de Boca –empresario, político, operador judicial, boludo.

Por si fuera poco, contrató y mantuvo en su puesto a un entrenador que nunca dio la talla en los encuentros importantes, tanto tácticamente como estratégica y físicamente. Los Barros Schelotto fueron de mayor a menor: jamás pudieron leer lo que pedía un partido una vez comenzado, como si el fútbol no fuera contingente y pudiera ganarse desde el capricho de una formación de pizarra.

Ayer, por lo pronto, siento que nos faltó suerte, es cierto: a igualdad de remates, el de ellos fue travesaño y adentro; el nuestro, palo y afuera. Pero hubo un equipo que intentó ganar más que otro. Y un entrenador que apostó a sentirse inferior y defender 90/120 minutos con 5 volantes corriendo como galgos, pero que paradójicamente dejó en su banco de suplentes ¡UN! sólo volante part-time (Gago) para sostener esa idea ante el cansancio de sus intérpretes, y 2 delanteros con funciones superpuestas que jamás iba a utilizar en simultáneo (Tévez – Zárate). Un tipo que malgastó a 2 wings de molde atacante (Villa – Pavón) para defender todo el partido la subida de ¡los laterales! rivales. Un cuerpo técnico que desde la pretemporada preparó físicamente al equipo para atacar y someter rivales, pero que en el partido más relevante hizo correr a sus jugadores sistemáticamente detrás de la pelota y del adversario. Ideas incongruentes que te hacen perder credibilidad, deslegitiman el mensaje y demuestran desconfianza en el propio trabajo. No soy entrenador, pero hasta un infante se habría dado cuenta de ese desequilibrio.

Buenos jugadores son aquellos que juegan bien los partidos importantes. Y tuvo que venir un uruguayo a recordarnos cómo era eso.

Capricho tras capricho nos trajeron hasta acá. Llegó la hora de la renovación: jugadores que se animen a pasarle la pelota a sus compañeros como premisa, Nández como corazón y capitán, Barrios como ladero, Benedetto como finalizador, y un DT que no se achique en las importantes.

River tuvo su Aguilar. Nosotros, nuestro Angelici. Llegó la hora de decirle basta a la mafia PRO en Boca.

Como siempre, LA PELOTA –Y LA PALABRA– SIEMPRE AL 10.

Comenzó la campaña: #ROMÁN2019

Argentina·Boca·Fútbol

La pasión.

“No puede comprenderla quien no la experimenta”, Dante Alighieri, sobre la pasión.

Según el maestro, don Eduardo Galeano, el fútbol sigue siendo, quiérase o no, créase o no, una de las más importantes expresiones de identidad cultural colectiva, un “centro de encuentro y comunicación y uno de los pocos lugares donde los invisibles pueden todavía hacerse visibles, aunque sea por un rato, en tiempos donde esa hazaña resulta cada vez menos probable para los hombres pobres y los países débiles”, a pesar de los negociados y de la violencia que rodean a este deporte.

Porque el fútbol es, cita el maestro, “un repositorio de identidades poderosas y solidaridades, un complejo juego de rituales colectivos y conversaciones públicas en un mundo profundamente individualista, atomizado y dividido, un lugar en el que nos mezclamos socialmente, que trata de nosotros, no de yo”.

Las emociones colectivas que brotan y se despliegan detrás de la pelota –decía Don Eduardo– “se hacen fiesta compartida o compartido naufragio, y existen sin dar explicaciones ni pedir disculpas”.

En ese crisol de identidades futboleras, me emociona nuestra estirpe boquense, y me enorgullece poder compartir esta pasión con mi hermano, donde sea, cuando sea, y a pesar de todo.

¡Viva Boca, viejo y peludo nomá!

Argentina·Ginóbili

Manu Ginóbili, o el elogio de la modestia.

Año 1992. Emanuel, un flaco espigado y en pleno estirón puberal, quedaba descartado del seleccionado de básket sub-15 de Bahía Blanca, su cuidad natal. El problema no era de índole físico: si bien sus hormonas de crecimiento tenían mucho trabajo por delante, “Manu” superaba en talla a algunos de sus compañeros. Pero el entrenador resolvió convocar a otros adolescentes, en quienes veía un mejor talento y proyectaba mayor potencial de desarrollo deportivo.

Año 2018. Emanuel, ese mismo flaco y espigado, pero con menos pelo y más de 41 años, juega su último partido de postemporada en la NBA, la liga de básket más competitiva del mundo. Sus compañeros, entrenadores, colegas y periodistas lo despiden con reconocimiento y admiración, anhelando que su carrera no termine ese día. Especialistas lo consideran el jugador extranjero más influyente que jamás haya competido en la liga.

¿Qué pasó entre 1992 y 2018? ¿Cómo explicar escenas tan ambivalentes?

Nada hacía suponer que ese quinceañero, el menor de 3 hermanos basketbolistas, iba a formar parte del universo de estrellas de la NBA. No era un chico extraordinario ni demostraba dotes fuera de la común. Bahía, ciudad nacional del básket, contaba con varios pibes cuyo talento precoz superaba al de Manu. Según parece, aquél flaco lleno de sueños no estaba destinado a triunfar. Y sin embargo.

Afortunadamente, la historia está plagada de “sin embargos”. Momentos que se suponía debían ser una cosa y fueron otra. Experiencias que, vaya uno a saber por qué, torcieron el curso natural de los acontecimientos para derivar en otras mejores, más felices.

Este caso es uno de ellos. La voluntad de Ginóbili terció sobre lo que se suponía (no) debía ser su destino, y entonces su carrera profesional estuvo –de comienzo a fin– marcada por el trabajo a conciencia, la dedicación, la constancia y los permanentes deseos de superación. Eso fue lo que pasó entre 1992 y 2018.

Hay una frase de Samuel Beckett que suele ser habitual en los círculos deportivos: «intenta de nuevo. Falla de nuevo. Falla mejor». Gran parte de la vida está emparentada al fracaso, y nuestro destino está profundamente moldeado por el nivel de adaptación y aprendizaje que demostramos frente al sinsabor de la derrota y los escenarios desfavorables. Mi hipótesis es que Ginóbili encarna esta premisa como ningún otro deportista nacional.

Gracias a la intermediación de la diosa Fortuna, los argentinos tuvimos una relación inmediata –orgullosamente nuestra– con genios de variadas disciplinas. La naturaleza, benevolente, brotó por estos lares a tipos como Favaloro, Houssay, Leloir, Milstein, Borges, Sábato, Cortázar, Maradona, Messi, Fangio, Vilas, De Vicenzo y varios etcéteras más. Por capricho de la mala costumbre, solemos cultivar la visión algo romántica de que genios de esa talla son producto de una chispa divina. Así, un poco por la buena fortuna y otro poco por nuestra propia idiosincrasia, tendemos a creer que el talento natural se trae desde la cuna, y que esa es una condición suficiente para triunfar. Olvidamos que el factor que separa a los genios de otras figuras regulares no es únicamente la “chispa divina” o el talento sobrenatural. Por supuesto, el talento es condición necesaria, pero lo que realmente importa es la habilidad de convertirse gradualmente en mejor y mejor jugador –pintor, músico, atleta, científico, persona– con el tiempo. Talentosos existen muchos; la excelencia de los genios –que por definición son muy pocos– está asociada a una práctica deliberada y persistente, horas y horas de trabajo arduo con atención al detalle, permanentes deseos de superación condimentados con la más estricta conciencia crítica. Incluso el diamante más valioso exige ser pulido para demostrar su brillo.

Allí radica el secreto del genio Ginóbili.

Cuentan que durante uno de sus primeros partidos contra Los Angeles Lakers, queriendo conocer más sobre él, un tal Kobe Bryant preguntó a Bruce Bowen, compañero de Manu: “¿qué tal ese chico blanco?”. Bowen le respondió con uno de esos chistes que deforman la realidad hasta el absurdo, pero que a su vez contienen una cuota de verdad que no puede ser dicha de otro modo: “vas a ver, ese chico no es blanco”. Galeano alguna vez escribió que escuchó mentiras que dicen la verdad. En una constelación de estrellas brillantes, Ginóbili comenzaba a refulgir con luz propia.

Así, venciendo prejuicios y compitiendo contra colegas del más alto nivel, Manu –al genio le alcanza sólo con el nombre: Manu, Diego, Lio– poco a poco se hizo un nombre en el mundo grande del básket, ganando partidos, títulos y galardones de todo tipo y color. Pero más allá de las victorias, más allá de su estirpe competitiva, lo destacable es que Ginóbili construyó el respeto de sus pares esencialmente compitiendo contra sí mismo: se transformó progresivamente en un jugador más completo con cada temporada, ajustando siempre su juego a los cambios necesarios para el bienestar del equipo, y en todo momento hizo lo que creyó necesario para ganar –lealtad deportiva mediante.

No hay palabras que lo definan mejor que las propias: “probablemente no sea excepcional en nada, pero voy a ayudar a mi equipo en todo”. Su carrera se distinguió por un notable liderazgo de espíritu colectivo, por la insistente preferencia a anteponer las necesidades del equipo por sobre las individuales, por ser una voz deliberativa y fraternal más que confrontativa, por el inconformismo más competitivo, y por la más severa honestidad intelectual para reconocer limitaciones propias y potenciar las virtudes de sus compañeros. ¿Suena a todo lo que falta en otras disciplinas deportivas, verdad?

Se denomina pleonasmo a las expresiones lingüísticas que, con el fin de reforzar aquello que se quiere significar, utilizan redundancias o palabras repetitivas en una misma frase. Πλέον, en griego, alude a agregar, a sumar, incluso a aquello que a veces sobra. Permítaseme el pleonasmo sobre un tema que habitualmente olvidamos: el deporte colectivo se juega en equipo. En épocas donde la esencia del deporte está contaminada por megaestrellas que concentran el protagonismo y exigen una atención incluso mayor que el conjunto al que representan, Ginóbili, a contracorriente, privilegió siempre la necesidad de anteponer la individualidad al servicio del equipo.

Vale decir que la búsqueda de la excelencia colectiva es una rareza en un deporte repleto de egos permanentemente insuflados por estadísticas personales (puntos, rebotes, robos, etc.). En el básket, es casi imposible sustraerse de la fascinación por los números, pero las estadísticas pueden ser engañosas, y en ocasiones son como la minifalda: muestran mucho pero ocultan lo más importante. Aquí va la evidencia, un dato bestial que pinta a nuestro protagonista de cuerpo entero: Ginóbili se retira ostentando el porcentaje de victorias más alto en la historia de la NBA (72,1%) entre los jugadores que disputaron más de 1.000 partidos. En este aspecto, demoledor, supera a cualquier superestrella de cualquier época. Tratándose de un jugador que nunca promedió 30 puntos por encuentro, el dato da cuenta de su tremendo valor integral para el equipo.

En tiempos de vanidades baratas y de deportistas globales que venden su vida como una marca, algunos de estos deportistas se jactan públicamente, con exagerada arrogancia, de ser buenos en lo que hacen. Otros, con una falsa modestia tan impostada como poco creíble, eligen no reconocer sino indirectamente sus logros, con aburridos testimonios de cassette. Ginóbili, en cambio, tiene una cualidad que siempre me resultó llamativa, una rareza para los tiempos que corren: humildad para reconocerse públicamente como un buen jugador de básket pero sin parecer, a la vez, arrogante, engreído o hipócrita. Será que la transparencia de la honestidad lo simplifica todo: amplifica lo bueno, reduce lo malo y elimina las interferencias en la comunicación. Va de vuelta: ¿suena a todo lo que falta en otras disciplinas deportivas, verdad?

Hace poco tiempo, Alejandro Wall escribió que el deporte argentino «tiene a un dios sucio, a un superpibe formateado en catalán y a ídolos con pies de barro. Todos tienen completas varias páginas del libro de quejas. Ginóbili, en cambio, es un tótem sin contraindicaciones, un héroe de la corrección política. A diferencia de los grandes mitos, su medida es el consenso. No hay relaciones conflictivas, peleas mediáticas, declaraciones polémicas o discusiones con la prensa».

Lo dicho, Ginóbili es admirado no sólo por su gracia como jugador, sino por su virtud para ejercer liderazgo del bueno. Están los líderes consensuales, quienes piensan –en la victoria y en la derrota– que con las palabras todo se puede, y están quienes no ven en ellas otra cosa que impotencia. Manu pertenece claramente al primer grupo.

Calzado hace tiempo en el traje de ídolo, la adulación es un pedestal que Ginóbili rechaza. No caben dudas de que la humildad fomentó su capacidad de aprendizaje, y esta capacidad para aprender, casi que una pedagogía deportiva mantenida tozudamente hasta el último minuto de juego en la veteranía, es la piedra basal que le permitió mejorar día a día, temporada a temporada, tanto a sí mismo como a sus compañeros.

Son pocos pero –según creo– valiosísimos los jugadores que hacen mejores a sus compañeros. Culto, inquieto intelectualmente, formado pero a la vez formador, Ginóbili es sin dudas uno de ellos. Responsable, presta el ejemplo con la labor más que con la palabra, ejerciendo un liderazgo medido pero a la vez eficaz, argumentativo pero convincente, ameno pero imperturbable, todo ello en disciplinada libertad y con caótico orden, fiel reflejo de su manera de competir. Analítico, perspicaz y detallista, destaca sobre todo por su capacidad de autocrítica. En ese costado autocrítico radica –presumo– la llave que guarda el secreto de su competitividad feroz, de sus deseos de superación permanente. ¿Suena a todo lo que falta en otras disciplinas deportivas, verdad?

Por motivos como estos, por su talento individual, por la trascendencia internacional de sus logros, por su vigencia en la elite competitiva durante 20 años, por su importancia para construir equipo, Ginóbili es el deportista argentino más preponderante que ha existido.

Entiendo que el fútbol es el deporte más significativo a nivel nacional y mundial. En ese sentido, también entiendo que Maradona y Messi, sus más talentosos exponentes en la historia, naturalmente sean, para una gran mayoría, nuestros deportistas más destacados. Pero, otra vez, sin embargo.

Se ha dicho: por logros, por talento, por vigencia, Ginóbili se ganó un lugar en el púlpito de nuestros grandes deportistas nacionales. Sin embargo, si lo consideramos de modo integral, no tengo dudas de que la ecuación se despeja sola: Manu resume la figura del deportista ideal, repito, no solamente por sus logros deportivos, sino especialmente por la inigualable riqueza que transmiten sus valores e ideales, tanto dentro como fuera de una cancha de básket, para compañeros, propios y extraños, en el ámbito nacional e internacional.

En la era de las figuras globales, donde los dotes personales del ídolo son perpetuamente enfocados a la luz de las cámaras y espectacularizados a tiempo continuo para el showbusiness mediático y comercial, la personalidad del deportista-ídolo, otrora privada, se transforma en un medio público, en un bien público y publicable, en un modelo de conducta referencial para millones de personas. En esa liga de superestrellas e ídolos globales, donde manda el show, el márketing y muchas veces la excentricidad y el exceso, donde se convive con el circo mediático, donde las redes sociales exponen hasta lo más íntimo del personaje, Manu Ginóbili es un ídolo ordinario.

A diferencia de otros ídolos deportivos, representa la victoria del tipo común. Es un tipo normal, como vos, como yo. Todos tenemos un poquito de él, y Ginóbili a la vez encarna un poquito de todos nosotros. Será por ello que tantos nos identificamos con su figura, porque sentimos que nos representa al menos en algo: buen marido y padre de familia, amigo de sus amigos, sensato, trabajador, honesto, incluso con su calvicie y nariz aguileña. En acertadas palabras de Alejandro Wall, «es nuestro ídolo mundano».

No creo que haya otro deportista estelar argentino que haya podido transmitir la nobleza, la honradez, el respeto por el otro y el espíritu colectivo que Ginóbili demostró en su carrera, y que por lo menos a mí me emocionaron más de una vez.

Tampoco tengo dudas de que Manu sería el compañero que todos quisiéramos tener en nuestro equipo: Ginóbili dignifica la figura del deportista. Es difícil encontrar contradicciones en el ídolo de los mundanos. Paradójicamente (o pensándolo bien, quizás no tanto), aquí no aparecen grietas, reproches ni acusaciones cruzadas: en algún aspecto que nos hermana, todos somos Manu.

Lo concreto es que el tiempo, lejos de ser selectivo, no detiene su marcha. A los 41 años, el tablero marcó la hora del retiro.

Soberano, arbitrario para todos por igual, el paso del tiempo indefectiblemente marca un final para las cosas que hacemos. Es curioso, sin embargo, cómo en esas mismas cosas encontramos la posibilidad de trascender; cómo el modo en que hacemos esas cosas nos define: allí, en el cómo, se encuentra la esencia que nos permite perdurar por siempre, a pesar de ser finitos en el tiempo.

Parafraseando el slogan, Ginóbili no se retira, trasciende. Agotado el tiempo de su carrera deportiva, comienza el inconmensurable tiempo de la leyenda, que será eterna. ¿Quién dijo que los tipos comunes no pueden ser legendarios?

Argentina·Fútbol·Maradona·Messi·Rusia 2018

Sobre Rusia 2018: la selección que mejor nos representó.

Nuestra vida moderna, cambiante, efímera, líquida, se encuentra rodeada de incertidumbres existenciales de todo tipo: no sabemos qué trabajo tendremos dentro de un tiempo –si es que tenemos uno–, cuánto durará nuestro vínculo de pareja, o si los valores que nuestros padres nos inculcaron servirán a nuestros hijos el día de mañana. Los contratos a largo plazo ya no existen, y es un hecho incontrastable que se terminaron los “para toda la vida”: en el trabajo, en el amor, en los vínculos, en las cosas. Todo está sujeto a ser cambiado repentinamente.

Este contexto de mutación permanente, por supuesto, no escapa a nuestro país. Sin embargo, a pesar de convivir con ese escenario de permeabilidad ubicua, cada 4 años los argentinos izamos la bandera de una certeza inmutable: esperanzados pero imperativos, exigimos al seleccionado nacional de fútbol que nos represente con éxito ante los ojos del mundo.

Inmersos en una cultura especialmente triunfalista, tanto por tradición como por necesidad, solemos asociar la calidad de la representación de nuestro equipo con el resultado deportivo. Si ganamos, fuimos bien representados; si perdimos, el equipo nos representó mal. Así, cuando el mundial de fútbol encuentra a la Argentina lejos de la victoria, habitualmente juzgamos que el seleccionado representó al país sin éxito ni gloria.

Lo que vengo a proponerles no es nada novedoso: que analicemos lo sucedido en Rusia despojados de las cadenas del resultado. Mi hipótesis es que, más allá de la dolorosa pena por el magro rendimiento deportivo y el decepcionante desenlace de nuestro mundial, la selección Argentina nos representó con asombroso éxito.

¿Cómo es eso, si volvimos en octavos de final, tempranísimo, casi que dando lástima? De vuelta: en nuestro país, cuando no se gana –a fin de cuentas, solamente uno lo hace– el resultado suele teñir toda reflexión posterior, sobre todo si el rendimiento tampoco es el esperado. Sin embargo, si quitáramos el 16º puesto del debate, pienso que veríamos con mayor claridad que el seleccionado trazó un cuadro completo y fidedigno de argentinidad: expuso en escena los rasgos más típicamente argentinos por antonomasia, y re-presentó al país con una perfección que asusta.

¿Por qué? Porque la selección fue la metáfora perfecta de la Argentina, la condensación de todos nuestros vicios y virtudes en un equipo de fútbol: una colección de personas –un país– que pueden ser brillantes individualmente pero pobres colectivamente; un grupo –un país– autodestructivo, carente de autocrítica y de un liderazgo claro y legítimo; un conjunto –un país– incapaz de identificar y disimular sus propias debilidades y falencias; un equipo –un país– adicto a la imprevisión de la épica heroica –que puede salvarte una vez, pero no siempre–; una selección –un país– que nunca demostró apego por el trabajo serio, previsible, duradero, y que se mantuvo alejada de las decisiones basadas en el sentido común, eligiendo siempre con el menos común de los sentidos. En fin, un colectivo –un país– que leyó mal la realidad, resolvió peor, no se percató de sus errores a tiempo, y entre reproches desperdició todo su rico potencial.

Por motivos como estos, entre otros, la homología entre nuestra sociedad y la selección que nos respresentó en Rusia fue tan clara como previsible, a pesar de nuestros esfuerzos por ignorar todas sus señales, presos de la ciega esperanza del hincha.

Habitualmente a los argentinos nos acompaña el razonamiento lineal como categoría predominante del pensamiento. Esta cualidad, según parece, se hace extensiva a nuestro fútbol, materia en la que también solemos creer que la riqueza que afortunadamente nos distingue –en este caso, el talento natural de nuestros jugadores– es condición suficiente para alcanzar el éxito. Tal es así que nuestra federación y nuestro seleccionado –adictos a la anarquía, el caos y la desorganización– desestimaron la construcción paulatina, sostenida y progresiva de un proyecto serio y duradero, como si ese detalle pudiera obviarse. De forma continuada en el tiempo, se tomó la decisión de priorizar los resultados por sobre el camino recorrido, el corto plazo por sobre el trabajo a largo plazo. Y los resultados están a la vista. Cualquier semejanza con la realidad no es pura coincidencia.

Así las cosas, durante el mundial de Rusia nos encontramos con una selección ciclotímica, marcada a fuego por profundos vaivenes anímicos: dueña de una euforia desmedida en la victoria –por circunstancial que esta fuera–, y a la vez esclava de recriminaciones, culpas y apática pasividad ante la adversidad.

Vimos un equipo moldeado por la contradicción, incapaz de elegir un camino –un proyecto, un sistema de juego– y repetirlo en el tiempo, con la intención de adquirir conocimiento, práctica y familiaridad, potenciando las virtudes y minimizando las carencias de los jugadores.

Sufrimos a un seleccionado que vivió en la urgencia, deshaciendo permanentemente todo lo que había construido, o mejor dicho, lo (poco) que había intentado construir.

Padecimos a un entrenador que eligió vivir desbordado, y cuyas lecturas profesionales fueron casi siempre equivocadas. Un técnico que en 4 partidos presentó 4 pruebas diferentes, y en ninguna mostró un concepto coherente ni nada producto del ensayo colectivo. Un tipo que en plena competencia se la pasó cambiando esquemas y probando ideas sin consolidar ninguna, y que paradójicamente, tal vez preso de su ego, fue incapaz de cambiar en los momentos más importantes, durante los partidos, cuando sus ideas de laboratorio se probaban erradas en el campo.

Un entrenador que, con la astucia de un político, decidió desdecir con sus acciones cada una de sus palabras, y cuyas declaraciones, huecas como el cántaro, jamás materializaron lo prometido: construir algo parecido a un proyecto futbolístico. Un técnico que dedicó tanto tiempo a elogiar públicamente a su as de espadas, Messi, que desde un comienzo perdió todo tipo de legitimidad como conductor de grupo.

También nos encontramos con un plantel de jugadores que se jactaron públicamente, a mi gusto hasta el cansancio, de contar en sus filas con “el mejor del mundo”, pero que, atontados en la medianía del conformismo más banal, jamás estuvieron a la altura de acompañar semejante privilegio. Tener al mejor jugador sencillamente no alcanza para triunfar en un deporte grupal. De nada sirve contar con el mejor timonel cuando no se sabe hacia dónde navegar el barco.

Esto hay que repetirlo: la historia de esta selección puede ser resumida en la existencia de jugadores brillantes desde el plano individual, que sin embargo fracasan al momento de trabajar juntos para construir un destino compartido. Según parece, a los argentinos el talento individual nos hipnotiza y prevalece por sobre el trabajo en común, razón por la cual conducimos siempre a la misma calle sin salida: la búsqueda de un salvador individual para un deporte que por definición es colectivo. (Donde dice “deporte”, “equipo” o “selección”, ponga “país”, lo mismo da).

Así, un poco por la falta de un sólido sostén colectivo, un poco por nuestra historia como nación, y otro poco por la impronta exitosa pero única que Maradona nos legó, pretendimos
–pretendemos– transformar a Messi, el mejor futbolista del planeta, en algo que no es pero que creemos que necesitamos: el líder moral de la selección, el jefe espiritual de un grupo dispuesto a sacrificarse hasta el desmayo por los colores, el caudillo que se rebele contra los poderosos y comande a gritos a la tropa hacia la victoria.

El escritor mexicano Juan Villoro escribió que «lo extraordinario genera suspicacias en un mundo imperfecto». Será por eso, pienso, que siempre terminamos hablando de Messi. Todo lo que ocurre en la selección, ya sea bueno o malo, aparentemente lleva el sello de su marca, extraordinaria y por eso mismo tan sospechosa.

Y entre tanta suspicacia, resulta que sospechamos de Messi porque no es Maradona. Le recriminamos que no lo sea. Quizás nos cueste entenderlo, pero Messi no desea ser Maradona: no le interesa ejercer el liderazgo, le cuesta trabajo pensar en los demás y, sin una pelota en los pies, se incomoda resolviendo o hablando por ellos. Cuando Maradona le dio el brazalete de capitán, conminándolo simbólicamente a que fuera su sucesor, no le hizo un favor, porque Messi no tiene ese carácter. Villoro grafica magistralmente el momento: según él, «el gesto fue equivalente al de los padres que llevaban a sus hijos a un prostíbulo para que se hicieran hombres de repente».

Messi carece del aura mítica que rodea al Maradona-personaje, esencialmente porque no tiene relato: Fiorito, doña Tota y don Diego, las nenas, Guillote Coppola, la mano de dios, las drogas, Habana y Segurola, el dóping, la cruzada versus FIFA y los poderosos que visten de traje, el “la tienen adentro”, en fin, las cenizas y el paraíso que involucran las mil caídas y redenciones del Diego de la gente.

Maradona es devorado permanentemente por la estatura de su mito –un personaje cuyo traje le pusimos pero que él carga y refuerza con gusto–, y la fascinación que ejerce se debe en buena medida a su condición tan argentina de triunfador autodestructivo: Diego podríamos ser todos. Messi, en cambio, es más bien una figura aséptica, cuyas virtudes y defectos se encuentran ahí, a la vista del mundo, pero ceñidas a un campo de fútbol. Como todo mito, Maradona puede significar muchas cosas, es un significante que condensa varios significados, una sustancia que puede adoptar diversas formas, y cuenta con un lenguaje que le es tan único como propio. Messi, por el contrario, es solamente un concepto de futbolista, que al carecer de relato no construye épica ni tampoco monta un personaje. Diego, por su parte, es una personalidad desbordada por un crisol de significaciones –propias y ajenas– que lo exceden completamente, pero que a su vez lo constituyen: el Diego es la cosa pública, es como todos y como nadie al mismo tiempo, es tan argentino pero a la vez tan único, es de todos y es de nadie a la vez.

Messi es demasiado simple para ser una celebridad global. Públicamente se le desconocen excesos. Me gusta pensar su figura análoga a la de un niño: a diferencia de Maradona, Leo es más lúdico, solemos asociarlo más al juego que a otras cosas. Los niños no lideran, los niños simplemente juegan, y el niño-Messi es feliz dentro del campo con una pelota en sus pies. Dedica los goles con sus índices apuntando al cielo, en búsqueda de su abuela. Su horizonte es su familia. Mi teoría es que Guardiola supo entender esa condición infantil de Messi, y ésta es la principal razón por la cual Leo se sintió –se siente– cómodo arropado por el Barcelona, donde tan bien rindió –rinde–, sin tener que rendir cuentas a nadie. Allí solamente se dedica a jugar a la pelota, sin la presión de parecerse a ningún Otro, con mayúsculas. En Barcelona, el niño-Messi es Messi. En la Argentina, el niño-Messi es la contraparte negativa de Maradona, el hijo limitado que a pesar de su talento se vio atrapado y confundido en la sombra de su padre, ese líder que él no fue. Gracias al psicoanálisis sabemos que cualquier niño que forme su identidad a la sombra de la identidad de su padre jamás podrá sentirse pleno, ni tampoco forjar una subjetividad propia.

Sin embargo, insistimos en pedir a Messi que sea como su padre, que asuma la posta de la gesta maradoniana y que sea líder y sea rebelde y sea irreverente. Y que sea.

Maradona encarna a la Argentina desaforada y contradictoria como nadie. Demandar a Messi que asuma ese rol es escandalosamente injusto, no solo porque no quiere, sino porque aunque quisiera, no podría. En palabras de Juan Sasturain, «Diego es lo más parecido a la Argentina densa e intensa que tiene todo y lo revienta; que desde la excelencia no se priva de lo peor; que es genial y se destruye; que te satura de estímulos y de sensaciones contradictorias hasta hacerse insoportable. Que te saca y se saca, se va, no se aguanta, termina devorándose –generoso, magnífico– sin renunciar al gesto arrogante».

Los argentinos somos imprevisibles e inestables. Anómicos, nos separamos con facilidad de la regla: solemos admitir la norma cuando nos resulta útil, pero somos los primeros en transgredirla cuando limita nuestra conveniencia. Vivimos de la contradicción y para el antagonismo. Impugnamos mecánicamente todo aquello que no se nos parece, y habitualmente nos justificamos por negatividad, es decir, discrepando de lo que no aceptamos. Maradona, con todos sus aciertos y errores, representa a la perfección ese esquema de argentinidad. Messi, por el contrario, no se amolda a esa matriz de carácter, y sospecho que una gran cuota de argentinos no le perdona el hecho de no sentirse representados en su figura. Quizás sea por eso, por estar empecinados en encontrar lo que le falta, que no disfrutamos de su fútbol como deberíamos haberlo disfrutado. El resto del mundo lo ama. ¿No será –digo– que el problema es nuestro? ¿No será que a diferencia de lo que pasó con Maradona, no supimos crear el contexto adecuado para aprovechar del mejor Messi? Perdimos tanto tiempo debatiendo las cosas que no era, que olvidamos valorar lo que era. Lo que es.

Vuelvo sobre lo mismo: Messi se conforma con ser su familia, y es un concepto propio que se representa a sí mismo; Maradona, en cambio, por y a pesar de su mito devorador, representa a los argentinos. Quizás sea eso lo que nos duela: que Messi no nos represente.

Alguna vez escribí una crónica titulada Messi no es Maradona. Exigir que Messi adopte la impostura maradoniana, con sus éxitos y sus excesos, es una demanda inconducente, sencillamente porque no porta con ese rasgo de carácter que pretendemos que demuestre, y porque dicha interpelación traslada una responsabilidad que boicotea por completo su mayor virtud: su talento como niño-futbolista, el juego infantil hechizado con la pelota que tanto admiran sus compañeros y colegas, aquello que hizo que Messi sea Messi y que lo llevó a la cumbre deportiva.

Quizás sea algo tarde, pero ¿no sería bueno que dejemos de reclamarle a Messi que sea Maradona? ¿Y si en lugar de remarcar permanentemente aquellas cualidades de las que adolece –liderazgo– priorizáramos potenciar sus virtudes para que nos haga mejores, entendiendo que Messi lidera con la pelota y no con la palabra?

Yo los quiero a los dos, a Leo y a Diego. ¿Elegir a uno por sobre el otro? ¿Para qué? Si ídolo ya tengo, y se llama Riquelme. Pero hay algo que todos deberíamos tener bien en claro: los mejores son estos dos genios. A sus tiempos, con sus modos, con sus formas de ser, pero indudablemente los mejores. Y son argentinos. Deberíamos sentirnos bendecidos: casi sin trabajo serio y sostenido, dimos luz a las dos perlas más brillantes de la historia del deporte más practicado en el mundo.

Como sea, el futuro que se avecina para la selección será tiempo de otros jugadores, que necesitarán de mejores contextos institucionales y deportivos. Sobre Messi, quién sabe. Yo me llevo una certeza de este mundo errante: atar su destino al sentido que nos legó Maradona es un sinsentido. Después de todo, destino y sentido, que son un anagrama, se escriben similar pero no son lo mismo. Como Messi y Maradona.