Coronavirus·Familia

Papú, el abuelo.

En la antigua Roma, se llamaba pater familias al “jefe” del grupo familiar, y éste era la pieza fundamental sobre la que se sostenía todo el resto. En mi familia ese lugar lo ocupaba, salvando toda distancia de época, el abuelo: sostén afectivo para todos, alrededor del viejo –y del amor y cariño que daba y recibía– se conformaba radialmente el vínculo entre todos.

Hace poco, luego de presentar batalla contra los embates del coronavirus, perdimos a nuestro pater familias: la enfermedad, finalmente, no le dio respiro. La pandemia es como una red implacable que arrastra todo en forma simultánea y en el camino arrasa con lo que puede. Nada bueno puede surgir de un virus que nos roba hasta los abrazos.

Siempre me resultó curioso: desde el dolor y desde la alegría, quizás los estados más opuestos que podemos experimentar, habitualmente nacen nuestros sentimientos más profundos, reacciones más genuinas, palabras más sinceras. Dolor y alegría, a pesar de su antonimia, tienen eso en común: derriban las máscaras, nos hacen sentir/pensar/decir sin miramientos, como si levantaran la barrera, como si abrieran paso a palabras, emociones, reflexiones que de otro modo no hubieran visto luz. Será por eso, quizás, que decido escribir estos párrafos ahora, con el corazón todavía partido por la pérdida del abuelo, pero también con el alma henchida de recuerdos alegres y repleta de emociones irrepetibles.

Nuestra tristeza por la muerte del abuelo, inmensa por el hecho en sí, se vio agravada por las formas en las que ocurrió y, en mi caso particular, porque siento que al viejo aún le quedaba hilo en el carretel para hacer reír a sus nietos, mimar a las hijas, regañar a su mujer con el amor de siempre. Por eso, eligiendo las palabras, digo que “lo perdimos” y no que “se nos fue”, porque siento que todavía no era su momento: algo se lo llevó antes de tiempo.

El dolor por la pérdida, afortunadamente, tiene una desventaja: siempre es circunstancial, se mitiga con el tiempo; las alegrías compartidas, en cambio, perduran por siempre en la memoria, uno puede evocarlas, rememorarlas una y otra vez en forma de palabras, de recuerdos, de sonrisas.

Lo cierto es que a pesar del final triste y repentino, el viejo vivió una vida larga, saludable y feliz en la medida de sus posibilidades. Y como la forma de recorrer el camino es más importante que la llegada en sí misma, elijo quedarme con todo lo lindo que nos dejó a lo largo de su vida. Por eso estas líneas no estarán teñidas de aflicción, por el contrario, cada historia, cada anécdota, cada idea, todas brotan con una sonrisa de fondo. Porque el abuelo era un tipo que, aunque no lo parecía, hacía reír a los suyos, incluso cuando no lo buscaba. Su legado más poderoso se resume, al menos para mí, en esa sonrisa que se me dibuja en la cara cada vez que lo pienso. Además, como dice el marinero viejo: la verdad se encuentra en el viaje, nunca en el puerto. Y su viaje trazó la huella, marcó el camino para que el nuestro, el de sus sucesores, navegue por aguas mansas. El abuelo allanó el camino.

Sin más preámbulos, hoy voy a contarles, entonces, algo de la historia de Jordán Jorge Antonoglou, ´Iordani´ para los amigos –Ιορδάνη–, ´papú´ para sus cuatro nietos –παππού–, ´Don Jorge´ para casi todo el resto.

Griego “argentinizado”, argentino “agriegado”, Iordani era la síntesis perfecta de ambas nacionalidades: algo así como un “agrientino”. El viejo era zorba pero también era tango, era moussaká pero a la vez era asado, era baklavá y también flan con dulce, bouzouki y bandoneón, era tradición y destierro, en fin, condensaba a la perfección–casi inverosímilmente– los rasgos más destacados de cada pueblo, como si fuese un personaje sacado de un libro de Borges o de Kazantzakis.

Típico inmigrante europeo de posguerra, llegó al país en su adolescencia tardía, analfabetizado y pobre, y como no pudo estudiar, hizo de necesidad virtud y aprendió a trabajar: se peló los dedos incorporando los secretos del aparado de calzado, especializándose en el zapato femenino. En el futuro, su mujer e hijas agradecerían esta decisión: sus pies siempre calzarían zapatos para la ocasión.

Laburante de esos que ya no existen, compensó todas sus carencias con trabajo y más trabajo, sin más herramientas que su propio esfuerzo, dedicación y persistencia. Con altos y bajos, fueron más de 65 años ininterrumpidos de aparador, oficio que mantuvo hasta que el cuerpo se lo permitió. Me crié viéndolo abrir y cerrar su fábrica diariamente de 7 a 19 hs., y terminé de hacerme adulto escuchándolo martillar zapatos en el fondo de su departamento, a sus ochenta y tantos años, un poco por necesidad y otro poco por amor a lo que hacía. Porque no se abandonan las cosas que uno ama.

Hombre de pocas palabras, callaba más de lo que decía, pero decía mucho haciendo. Siempre pensé que el dolor de la guerra –donde perdió a un joven hermano mayor– y el hambre de la posguerra –disimulado a costa de pan y cebolla– marcaron para siempre el resto de su vida, y que esa angustia le atragantó muchas palabras. Largos años después, con su vejez, fuimos enterándonos más cosas de aquella época que había mantenido cuidadosamente guardadas. Tal vez por eso se destacó más haciendo que diciendo, quizás ese fue el modo que encontró para superar el dolor y dejar atrás las penurias del pasado.

El trabajo ocupó gran parte de su vida: en un comienzo para subsistir, luego como proyecto compartido con su hermano Juan, y posteriormente como medio para brindarse hacia la única razón por la que hacía todo lo que podía y daba todo lo que tenía: su familia. Hasta donde el esfuerzo le permitió, procuró que sus hijas tuvieran todo aquello que su infancia había desconocido. Nadie le regaló nada, y el trabajo –en el sentido más arcaico del término: lo que aprendió a hacer con sus propias manos– fue el recurso que encontró para superarse a sí mismo, pero también para brindarse hacia los demás.

Fue así, haciendo, trabajando, como siempre intentó marcar el ejemplo para sus seres queridos. Conservó la decencia y la integridad incluso en sus peores momentos, y nos enseñó –sin decirlo– que independientemente del contexto y sobre todo sin importar cómo actúen los demás, mantener los principios y ser leal con los propios es la mejor garantía de honradez que podemos regalarnos; y también que las decepciones y el dolor son parte de la vida, pero que no deberían cambiar nuestro amor por lo que hacemos ni mucho menos los valores que nos guían.

Papú era un tipo de formas, lo que importaba era cómo se hacían las cosas: honestidad, dedicación y buena voluntad ante todo. Las recetas y los resultados, por supuesto, son contingentes –su vida es prueba de ello–, pero las formas, los principios, siempre fueron inalterables.

Disfrutaba de la comida como pocas cosas en la vida. Hay que decirlo: apenas sabía cocinar un huevo duro, pero su mujer –giagiá Jrisula–, la otra gran protagonista de esta historia, siempre se ocupó de que en la mesa nunca falte plato lleno –exageradamente lleno– al llegar del trabajo. Las comidas familiares –con todos los suyos alrededor de la mesa– eran su debilidad, le alegraban la barriga –“la variga”– pero también el alma.

Su dependencia de la abuela era absoluta. La regañaba por cualquier cosa pero la necesitaba siempre cerca; ella acudía quejosa pero necesitaba cuidarlo, estar siempre a su lado. Se necesitaban mutuamente, como la chispa necesita del oxígeno para completarse en fuego. La chispa explosiva, de combustión impredecible, por supuesto, era él; su oxígeno incondicional, ella. Lo que papú mejor hacía era llamar a la abuela, sus llamados eran una constante: sin importar lugar ni hora, la convocaba hasta para encontrar un vaso de agua frente a sus propias narices. El grito, casi un rezo litúrgico, repetitivo, con su voz estentórea, de tono monocorde, resuena desde siempre en nuestra memoria: “Jrisoooo”, “Sulaaaaa”. Por supuesto, faltaba más, esas fueron también sus últimas palabras en vida. Su esposa, de paciencia y cuidados inclaudicables, fue su sostén hasta el último de sus días.

Era puteador, como todo hombre de bien, y solía descargar su ocasional malestar o frustración con un chasquido de la lengua contra los dientes, una especie de “tssssssst”, seguido de frases célebres como “putacarajo” –así, de corrido–; “sto diaolo”, o “vre gam…”, un precioso insulto griego que, vaya uno a saber si por pudor, decoro o qué otro motivo, nunca verbalizaba en forma completa, omitiendo intencionalmente la última sílaba.

El viejo tenía carácter podrido y se enojaba fácil –la chispa–, pero con el tiempo aprendimos a querer sus rabietas y hasta nos resultaban divertidas. Hoy son motivo de burla y chasca entre sus nietos. Sin embargo, lo que tenía de enojadizo también lo tenía de dulce y de sensible. Como todo hombre patriarcal y jefe de familia de mitad de siglo, le habían enseñado a no demostrarlo demasiado, pero ocasionalmente se delataba, aunque no se percatara, con pequeños gestos, muecas, miradas, compañías silenciosas. El patrón se repite: no decía, hacía. El correr de los años y la vida lo fueron ablandando, y ese hacer, que tantas veces dijo callando, le enseñó a decir: su última vejez lo encontró más expresivo de lo que nunca fue. Quizás, sospecho, su boca comenzó a expresar lo que con su cuerpo ya no podía.

Fanático de los dulces, siempre tenía una reserva de golosinas preparadas en el auto para los nietos, a escondidas de la abuela, por cierto. Nunca faltaba esa cuota de dulce amor indulgente, nuestro pequeño secreto cómplice con el abuelo. Ver su cara crujir de ácido espanto cuando una pizca de helado de limón invadía –por accidente– sus otros sabores era un espectáculo memorable. La siesta en el sillón, después de los dulces y el café –“cafedaki”–, la apolillaba con la boca entreabierta, como dios manda dormirla.

A papú le encantaban los deportes, todos los de pelota redonda en general, y el fútbol, sí sí señores, en particular. Las necesidades y las vueltas de la vida no le habían permitido practicarlos, disfrutarlos en primera persona, será por eso que en la tele no se le escapaba ninguno. Su televisor, cuando la vieja no ponía las noticias –“ta nea”–, amanecía y anochecía sintonizado en canales deportivos, y su cocina, que oficiaba de escenario de reunión oficial para mirar partidos, se transformó en estadio en innumerables ocasiones, víctima de gritos, alaridos, puteadas, desahogos y festejos. En alguna oportunidad, hasta han volado líquidos por los aires. Los manteles de la abuela dan fe de semejantes estragos.

Bostero ferviente, triunfó radicalmente al imprimir su indeleble sello boquense en sus cuatro nietos, transmitiéndonos una pasión que como ninguna otra me hermana con mi hermano y que el día de mañana, gracias a mi abuelo, conocerán también mis propios hijos, sobrinos y nietos. No existía llamado telefónico en que no apareciera la pregunta “¿decime Nico, qué día juega Boca?”. “Riquelmes” era su jugador favorito; los “fullbacks” resultaban ser “todos troncos”; y solía bautizar jugadores con apodos a discreción: el Cata Díaz, por ejemplo, siempre fue el “Tata” en la casa del abuelo. “¿Sentiste lo que dicen las noticias, Nico?”, decía, como si las noticias fuesen un ente independiente, con vida propia: “parece que vuelve Stevez, el compadrito”.

Todo deporte que se transmitiese por tv era, además, una buena excusa para buscar protagonistas griegos. “Abrí/cerrá la televisión”, solía indicar, en literal y flagrante traducción griego-española. “Levantá el volumen, a ver si dicen si ganó el griego” (por Pete Sampras). Y así, toda transmisión deportiva se transformaba también en una investigación concomitante, generalmente de carácter acústico-fonético, cuya misión era encontrar deportistas apellidados con raíces helénicas. Habitualmente fracasaba, no tanto por impericia, sino más bien porque pecaba de optimista: las expectativas que depositaba en los deportistas griegos eran –seamos francos– algo elevadas para un país que no suele destacarse en la materia.

Papú habitualmente usaba el baño de servicio de su departamento, el más pequeño y alejado del resto de los ambientes, suponemos que para aislarse de todos y no molestar al resto. Su éxito, acá también, era dudoso: cada lavado de dientes culminaba con un ceremonioso ajuste de cuerdas vocales –llamémosle así–, una especie sonora única, de amplio espectro, que retumbaba hasta la Avenida Rivadavia, y que a falta de mejores recursos reproduciré con la mayor fidelidad posible usando las siguientes onomatopeyas: “jjjjjjjjjjjjtttttttt, (pausa) ftúuuuuuuuu”. Todo el vecindario podía dar fe de cada cepillado. ¿Cómo no quererlo? Sus ronquidos por las noches, resoplidos fuertes, barítonos, casi caricaturescos, tampoco se quedaban atrás: no había pared que los disimulara.

Su cantante griego preferido era Stelios Kazantzidis –“Kazantzís”–, artista que cantaba casi poéticamente sobre la familia, los amigos, el amor, la patria, el desarraigo y la diáspora griega, y más de una vez pesqué sus muecas de dolor, emoción o nostalgia al oír sus canciones conteniendo las lágrimas, porque el pater familias no se permitía llorar delante de los nietos. Eso sí, papú se sabía fatal cantando –cantar es, en definitiva, una forma del decir–, y por eso no lo hacía: lo suyo era el tarareo casi mecánico de las melodías, sustituyendo la voz del cantante por la inflexión monótona que surgía de su garganta con dudoso talento musical.

El abuelo era humano, demasiado humano, y a lo que más temía era a la muerte. Será por eso, tal vez, que siempre se mantuvo saludable y no se pescaba ni una fiebre. Tenía un julepe bárbaro a las jeringas y a los médicos, y ver una gota de sangre le bajaba la presión hasta el piso. Su muerte lo encontró a los 88 años con el cutis de un joven de 30 –la envidia de todas las señoras– y análisis de laboratorio tan inverosímiles para su edad que obligaban a repreguntar la fecha de su nacimiento.

Solía tener un menú de palabras y frases célebres que lo caracterizaban: “qué pitsiriko (purrete, pibito) más liero eras, Nico”; “¿te pusiste en curda, Ale?”; “no les deas bolilla, Andriko –bolizzza, como el zumbido de una abeja–, te están engrupiendo”; “sos atorante, Lucas”; “es medio vagoneta éste”; o el clásico “to´mbagasa”, con el que reaccionaba a cada picardía nuestra, y que no encuentro palabra para traducir al español.

El día de mi nacimiento, prematuro, inesperado, el abuelo llevó de raje a mamá a parirme al sanatorio. A pesar del cagazo sideral que lo invadía hasta para la más sencilla intervención médica, ese día le transmitió a su hija, según cuentan, una calma inusitada. La anécdota lo pinta de cuerpo entero: el viejo nos enseñó que, en definitiva, la familia es el escudo que nos protege de los golpes, la red más segura que nos separa de la caída.

Muchas cosas quedarán sin decir sobre papú en estos párrafos. Quienes lo conocieron seguramente tendrán decenas de otras historias y anécdotas. Hasta aquí llega, de momento, mi resumen sobre lo que significó para nosotros y el patrimonio inconmensurable de sonrisas que nos legó. La palabra patrimonio, si bien derivada del latín patri-monium y habitualmente ligada a la propiedad de bienes, tiene origen griego: patrioi deviene de padre y nomoi significa leyes: las leyes del padre, posteriormente asociadas a las leyes de la patria. El abuelo transmitió a todos sus seres queridos algo de sí mismo, su patrimonio sobre-vive en nosotros. Sus herederos llevamos su huella porque el viejo se hizo ley en nosotros: todos tenemos algo suyo que hicimos propio, todos somos en parte él. El patrimonio del pater familias continúa a través de los suyos.

Dicen que lo contrario a la vida no es la muerte, sino el olvido. Nadie muere completamente mientras viva en el recuerdo de sus seres queridos. Las emociones alegres, los buenos momentos, los lindos recuerdos… todos se resisten a desaparecer, permanecen grabados a fuego en nuestra memoria porque tienen un significado; son el pasado que persiste presente, la carne misma del tiempo. Los recuerdos y las emociones, en definitiva, no nos pertenecen: nos hacen pertenecer a algo más grande, algo compartido, un tipo de pertenencia que prevalece por sobre cualquier otra, y que a falta de mejores palabras llamaré amor de familia. Allí se encuentra el germen de la vida y también la receta contra el olvido.

Comprender esto hace la muerte de los seres queridos mucho menos triste. En este caso, el legado de papú, más allá de su desaparición física, vive en su mujer, sus hijas, nietos y yernos. Vive multiplicado. Se fue uno que ahora, de repente, somos muchos. Una gran amiga y mejor persona me dijo que piensa al abuelo como un árbol de raíces profundas, cuyas ramas llegan ahora bien alto. Esas ramas somos nosotros, sus sucesores.

La muerte existe para recordarnos que somos de barro, efímeros, y que no valemos nada por lo que tenemos, sino por lo que hacemos por el resto. La familia pone todo esto en perspectiva.

Durante su último tiempo de vida, el abuelo andaba desmemoriado, algo senil y había perdido registro de casi todo lo que lo rodeaba. Toda su verdad, sin embargo, la delataba con los ojos: en el brillo de su mirada –profundo, cristalino– no resplandecía otra cosa que amor cada vez que lo visitaban sus hijas. No he encontrado mirada de brillo más puro y genuino que ése en mis –no pocos– años de vida, y jamás lo olvidaré.

La última vez que recibió a los nietos, desafiando sus olvidos recurrentes, levantó su mirada y, feliz de vernos, papú comentó: “a las buenas personas no se las olvida”. Se ve que lo que se le escapaba de la memoria, el viejo lo recordaba con el corazón.

De existir algo así como un cielo donde va a parar toda la buena gente, no tengo dudas de que por allí camina ahora –lento, con los brazos encadenados tras la cintura, como solía hacerlo– abrazándose con su madre –a quien tanto extrañó–; paseando con Mario, su querido hermano menor; conversando de la vida con Dionisio y Aleco, dos de sus grandes amigos.

Dicen que en ciertos aspectos me parezco a él. De ser así, no se me ocurre mejor homenaje.

Hoy nos toca a nosotros abrazarte con el corazón, viejito. Te vamos a extrañar.

¡θα τα ξαναπούμε, παππού!

Argentina·Fútbol·Maradona

Un poquito más solos.

LA PARTE, EL TODO.

Algún día iba a ocurrir, y sucedió en este 2020 para el olvido: murió Diego Armando Maradona, quizás el argentino más célebre de la historia.

Tantas veces renacido, tantas otras reinventado, muchos imaginábamos que sobrevendría otra recuperación milagrosa, un nuevo regreso triunfal del héroe, uno más entre tantos. Pocos pensaban su muerte como un hecho posible.

Pero esta vez dijo basta: su corazón se detuvo, y con él un poco también el de todos los argentinos. Diego dejó la cancha, y junto con su partida se extingue, sin dudas, una llama de argentinidad.

¿Por qué?

Porque nadie interpretó tan cabalmente al gen argentino como él: pasional, transgresor, generoso, desbordado, talentoso, contestatario, solidario, impredecible, confiado, atorrante, pertinaz, responsable, irresponsable, rebelde, caudillo, desaforado, resiliente, radicalizado, ambivalente, triunfador, irreverente, autodestructivo. Los argentinos somos una mezcla de todo eso, y no existió ser humano que representara esa esencia de nuestro pueblo más vívidamente que Maradona.

Diego fue una figura compleja y difícil de decodificar, pero ante todo fue la encarnación, en cuerpo y en espíritu, del gen argentino. Maradona fue –es– todos los argentinos en uno, el argentino absoluto, la condensación perfecta del ethos nacional.

La tautología se impone sola: los argentinos somos Maradona y Maradona es la Argentina. Es por eso que Diego, en parte, somos todos. Su vida está íntimamente ligada a la de todos nosotros en más de un sentido.

Maradona es el significante maestro: es el tango y es el cambalache, es caerse y levantarse, es el amor y la entrega por la bandera, es seguir intentándolo siempre a pesar de los pesares. Diego es pobreza y a la vez abundancia, es el esfuerzo y la decadencia, es tenerlo todo y al mismo tiempo nada, es el éxito y el fracaso, es el tipo más reconocido del mundo y simultáneamente la más triste soledad. Pero Diego también es el amor inclaudicable por mamá, la idolatría por papá, la devoción por los hermanos. Y por sobre todas las cosas, Diego es aquel niño que todos fuimos pateando una pelota, el sueño que muchos quisimos ser.

En un país volátil, acostumbrado a la incertidumbre del mañana y a los cambios repentinos, hace casi medio siglo que Maradona era nuestro sentido de lo inmutable: constancia del puro presente, certeza anclada a nuestra realidad, Diego constituía una parte elemental del paisaje argentino. Podían cambiar –cambiaron– muchas cosas, pero Maradona seguía siendo nuestro más sólido símbolo de permanencia, la pieza fundamental de nuestra normalidad, una estampa infaltable para desaguisar nuestro presente. A pesar de sus inestabilidades, la presencia inefable de Diego era lo más estable que teníamos los argentinos. Era «el Diego», y para bien o para mal estaba siempre ahí, al filo del cañón, dando cuenta de toda su argentinidad y también de la nuestra. Entre las pocas cosas que no cambiaban se encontraba la presencia imperecedera del diez, sin importar en qué parte del mundo estuviera.

Maradona era entonces, independientemente de todas sus transformaciones y de las sucesivas “etapas” maradonianas, la constante que nos contenía a todos: contenía a los que lo querían pero también a los que no. Y sospecho que continuará siéndolo. A pesar de –o precisamente por– sus aciertos y sus pecados, sus virtudes y excesos, su omnipotencia y sus contradicciones, la figura de «Diegote», «Maradó», seguirá siendo parte activa y presente en nuestras vidas, reflejándose en nuestra realidad a pesar de su ausencia. Será la ausencia más presente de todas.

Cierto es que, como solemos escuchar, “Diego es pueblo”, porque fue –me niego al tiempo pasado: es– el símbolo de los más humildes, y entre otras cosas más, también ejemplo de lucha, fuente de inspiración, agente de cambio, emblema de coraje. Sin embargo, Diego es también todos los otros, aquellos que lo denostan y aborrecen: los incluye a todos. Su influencia es tan inabarcable que, ya sea atada al amor o al desprecio, jamás pasa indiferente para ningún argentino porque siempre construye significados: alrededor de Maradona siempre hay narrativas posibles, historias contadas o por contar.

La figura de Diego siempre produce sentidos, por eso es tan grande y su pérdida produce semejante conmoción, porque excede al futbolista y a su zurda mágica: su vida nutre de significados a la vida de todos.

Será por eso que hoy, ante su muerte, todos estamos un poquito más solos. Porque se fue un pedacito de la Argentina.

CUNA DE BARRO, DESTINO DE ORO.

Diego es un fenómeno sociológico único: fue fuente universal de alegrías para un pueblo que rara vez las tiene, porque habitualmente se la pasa sufriendo. Es comprensible, naturalmente, que ese pueblo reaccione hoy ante su pérdida con una tristeza indecible y una fidelidad inquebrantable. La desolación atraviesa a un país y los sentimientos son innumerables. ¿Que Maradona era contradictorio? Que tire la primera piedra quien no lo sea. Hoy la mayoría de nosotros elegimos emocionarnos, compartirlo, llorarlo, disfrutarlo, porque Diego fue mucho más que sus propias contradicciones.

Maradona fue un milagro de esos que rara vez ocurren: nació como infinitos otros condenado a ser nadie, un pobre más entre tantos, destinado, quizás, a morir por hambre o por bala, y terminó en la cima del mundo, representando a esos tantos otros que en esencia eran él: hablaba por sí mismo por también por todos los “villeros” a quienes, queriéndolo o no, encarnaba.

Diego prestó su cuerpo y su voz a los desclasados, y fue mucho más que un ídolo futbolístico para quienes habitan el bajo fondo de este mundo injusto: fue un horizonte, una ilusión, un sueño. Después de Maradona cada pibe pobre pudo pensar que su vida podía ser distinta. El pueblo humilde encontró en él lo que no le daban los gobiernos: esperanzas, perspectivas, ilusiones.

Fue así como, a la luz de la consagración de «Dieguito», «el pelusa», se iluminó para gran parte de la sociedad la idea de que el fútbol puede ser mucho más democrático que la vida y que, a veces, la magia todavía es posible para cualquier pibe que patee una pelota, por más miserable que sea, porque este deporte puede dar a los que patean descalzos oportunidades que la sociedad les prohíbe. A partir de Maradona tomamos verdadera conciencia del valor social del fútbol como una de las más potentes formas de la vida en común y como uno de los igualadores sociales más efectivos.

Lo cierto es que Maradona pasó de la villa al pináculo mundial, encaramado como un dios en la tierra, pero nunca traicionó a sus orígenes: eligió dar siempre batalla del lado de los que menos tienen sin pedir nada a cambio, porque llevaba a los desposeídos en la sangre. Podía pasearse por el mundo vistiendo o calzando marcas italianas, pero nunca dejó de ser el orgulloso “cabecita negra” de Fiorito.

Jamás se convirtió en soldado del poder, y fue con insistencia una piedra en el zapato de los dueños del negocio. Tal vez también por eso fue tan venerado como odiado: en un mundo donde se perdona casi todo menos ser pobre, Diego significó el triunfo y la revancha de los de abajo. Y todos sabemos que los ídolos populares, cuando se convierten en peligroso ejemplo para muchos, deben ser derribados. El poder detesta cuando la fuerza del número es guiada y no dominada, porque para guiar hay que ser parte del rebaño, y eso jamás estará a su alcance. Guiar al pueblo incluye dar el ejemplo, guiar produce sueños, genera identificaciones, incita acciones; dominar, en cambio, solo implica sumisión, docilidad o temor. Diego guiaba.

Tal vez ahora, tras su muerte, entendamos que fue un error racionalizar la vida de Maradona. Es francamente imposible hacerlo con una vida tan abarcadora, múltiple, observada, escrutada. Diego no tuvo una vida ejemplar y sin embargo fue tomado casi compulsivamente de ejemplo, a pesar de que no estaba preparado para serlo ni mucho menos lo había deseado. Fue transformado en ejemplo contra su voluntad, pero eso a nadie le importó. Es curioso como el mundo busca gente preparada para ocupar cualquier posición laboral, social, política, la que sea, pero jamás mira las credenciales de las personalidades que consagra intempestivamente como ejemplo público de la noche a la mañana. Maradona ofreció un mérito profesional ejemplificador, aquello que en definitiva encumbró su carrera inigualable, pero más allá de eso, no quiso ni supo ser ejemplo de nada.

Solía actuar a corazón abierto, quizás por sus orígenes, por el hecho de haberla peleado desde siempre, y vivió una vida repleta de valentía, coraje e hidalguía, con la pelota pero también con la lengua: nunca calló lo que pensó. Se la jugó y se expuso como ninguno por las causas que defendió –arriesgando su imagen, prestigio, e incluso dinero– y eso me gustaba de él. Hoy, cuando los jugadores son funcionales al negocio del fútbol y a los grandes entramados comerciales que lo rodean, hoy, cuando los protagonistas callan y se hacen los sotas porque alzar la voz podría “manchar” su imagen o perjudicar sus contratos publicitarios, hoy, cuando pocas figuras deportivas se atreven a desafiar lo establecido, hoy más que nunca valoro al Diego anti-sistema, el que priorizaba siempre al futbolista, el que ponía las cartas sobre la mesa y peleaba por aquello que creía justo, incluso a costas de su propio interés. Maradona fue el fiscal de la pelota, nadie la ha querido tanto como él.

Diego tuvo una existencia imposible: vivió una vida imposible, imposible de pensar, imposible de resistir para cualquier ser humano, pero paradójicamente, o quizás precisamente por eso, fue sinónimo de que no hay imposibles. Logró serlo todo a partir de la nada, puro mérito, talento y esfuerzo, y eso es lo que genera fascinación absoluta: Diego es rebeldía, es lucha, es barro, es pueblo. Nadie le regaló nada. Todo lo construyó con sus propias manos –o pies–.

Y así fue levantándose el mito alrededor del hombre. Maradona es sinónimo de épica: defendió los colores de la bandera como ninguno, donde sea, contra quien sea. Desafió a los poderosos. Derrotó a los ingleses –nuestro némesis nacional post guerra– con el talento propio del genio y la picardía y la astucia del negrito del conurbano. Fue genial y a la vez fue triunfador. Y como alguna vez dijo el maestro, Eduardo Galeano, nos enseñó que la fantasía también puede ser eficaz.

Dentro de una cancha jamás se lo vio abatido, entregado o descorazonado: pensaba por los demás y decidía también por ellos cuando más se lo necesitaba. Diego fue un futbolista de talento sin igual –¿el mejor de todos los tiempos? ¿Tiene algún sentido la etiqueta? De lo que no tengo dudas es que su talento, eso que viene de cuna y no se practica, fue y será el más grande de todos– pero a la vez fue un líder absoluto, capitán entregado a sus compañeros, responsable en buenas y sobre todo en malas.

¿Vieron que de chicos nuestros padres nos inculcaban que lo importante es ser buen compañero y amigo? Bueno, aparentemente no existe colega que hable mal de Maradona como compañero de equipo. El tipo tuvo mil defectos, pero ningún reproche en ese sentido. Diego condensó talento, liderazgo y capitanía en niveles imposibles. Diego fue un imposible.

Y así fue, con el paso del tiempo y las hazañas y las palabras, que Diego fue convirtiéndose a la vez en nuestro tótem, héroe mitológico, dios pagano de pies de barro, deidad imperfecta, adorado precisamente por esas imperfecciones que lo hacían uno más de nosotros. Galeano lo dijo mejor que todos: Maradona «fue adorado no sólo por sus prodigiosos malabarismos sino también porque era un dios sucio, pecador, el más humano de los dioses. Cualquiera podía reconocer en él una síntesis ambulante de las debilidades humanas, o al menos masculinas: mujeriego, tragón, borrachín, tramposo, mentiroso, fanfarrón, irresponsable. Pero los dioses no se jubilan, por humanos que sean. Él nunca pudo regresar a la anónima multitud de donde venía. La fama, que lo había salvado de la miseria, lo hizo prisionero. Maradona fue condenado a creerse Maradona y obligado a ser la estrella de cada fiesta, el bebé de cada bautismo, el muerto de cada velorio. Más devastadora que la cocaína es la exitoína. Los análisis, de orina o de sangre, no delatan esta droga».

Jorge Valdano, ex compañero y tal vez el Robin de nuestro superhéroe de 1986, expresó similar idea esta semana, con sus bellas palabras de siempre: «el Maradona futbolista no tenía defectos y el hombre fue una víctima. ¿De quién? De mí o de usted, por ejemplo, que seguramente en algún momento lo elogiamos sin piedad. Hay algo perverso en una vida que te cumple todos los sueños, y Diego sufrió como nadie la generosidad de su destino».

Lo concreto es que Maradona nos legó momentos inolvidables y recuerdos indelebles, no solo a los argentinos sino también al mundo. La diversidad y masividad de los homenajes, a lo largo y ancho del planeta, no hacen más que ratificarlo. Diego fue un genio en cuyo alrededor se tejen millones de alegrías, historias, emociones, ilusiones, proyectos, deseos, momentos compartidos. En su vida convergen las de tantos otros, en su historia se entrelazan millones de otras historias, en sus gambetas se reflejan millones de sueños, en sus palabras se identifican millones de personas.

Por eso su partida se transforma en lágrimas y duele tanto, porque, parafraseando lo que alguna vez dijo Fontanarrosa, no lo juzgamos por lo que hizo con su vida, lo juzgamos por lo que hizo con las nuestras.

Paradójicamente, sin embargo, el que quizás sea el argentino más reconocido de todos, el que más vidas influenció, el que más sueños despertó, más alegrías provocó, el más idolatrado, venerado como dios entre los vivos, terminó su vida en solitario, triste y deprimido. Va de vuelta: Maradona tuvo una vida imposible de resistir, y por tal motivo, imposible de juzgar.

Creo que las palabras más acertadas que se hayan escrito son, una vez más, éstas que seleccioné del último Galeano: «los héroes populares que más gente contienen, los que dentro de sí llevan millones de personas, ¿son los que más solos están? ¿Está Maradona lleno de todos y acompañado por nadie? ¿De qué huye? ¿Huye de los perros de la fama, que él mismo convoca a gritos? ¿Corre en círculos Maradona, acosado por la fama que lo persigue y que él persigue? ¿Exhausto de ella, abrumado por ella, ya no puede vivir con ella? ¿Y sin ella tampoco puede vivir? (…) ¿No puede aceptar que haya quedado atrás el tiempo en que los rivales no sabían si marcarlo o pedirle autógrafos? ¿No puede aceptar la jubilación en lugar de la ovación? ¿No puede dejar de hablar y hablar, como queriendo hacer goles con la boca? ¿No puede dejar de trabajar de dios en los estadios? ¿Están los ídolos, como los dioses, condenados a consumirse en su propio fuego? (…) ¿No tenemos todos una deuda de comprensión y gratitud con este jugador rebelde, que tanto ha luchado por la dignidad de su oficio y tanta hermosura nos ha dado en los estadios?».

Lo concreto –lo eterno– es que Maradona fue un verdadero artista. Los artistas crean belleza, en cualquiera de sus formas, y Diego, ese artista que usaba los pies –y en una ocasión también la mano–, embelleció al juego, hizo que el fútbol fuese más bello. Y lo hizo para siempre.

Seguiremos, por supuesto, llamando fútbol a este deporte, pero de ahora en más, cada vez que pronunciemos esa palabra, se iluminará una estrella en la inmensidad de los cielos con la cara de Dieguito, ese pibe de oro que cumplió su sueño: jugar para la selección y ganar un mundial, y que nunca, nunca dejó de jugar, de Fiorito a Napoli, para la mamá y el papá.

Hasta siempre, barrilete cósmico. Gracias por las alegrías. Serás recordado.